En las fiestas no te sientes jamás; puede sentarse a tu lado alguien que no te guste.
Las fiestas son lo más lindo que hay. El ser humano merece el festejo y la diversión. No puede solo ser un esclavo de su trabajo u obligaciones. Durante toda la semana el ser vivo pensante sufre todo tipo de situaciones estresantes, expuesto a toca clase de experiencias extremas, de tomas de decisiones radicales y de militancias peronistas, de responsabilidades que en muchos casos va la vida de la gente en esos actos. Sin dejar de tener en cuenta, por su puesto, al entorno de las mismas personas, es decir, hijos, nietos, familiares o mascotas.
Pero a quedarse tranquilo y a dormir sin frazada gente linda y de la otra, tal como lo dijera el tierno Balá en sus performanses televisivas y teatrales. Para todo eso, es decir, para calmar los males de este mundo, no solo existen los psicólogos, la televisión o los pastores evangelistas, no. Sino que el sistema que no es ningún boludo, á puesto a nuestra disposición todo un abanico de posibilidades para que uno pueda tener la opción de gastar todo el dinero que casi trágicamente gano durante el mes, en fiestas de todo tipo y color. Empresas provistas de una parafernalia de elementos, aparatos y pelotudeses varias tales como: salones, pastelería, souvenires, vestimentas, cotillón, gastronomía, disc j, shows, decoración, regalería, magos, zancudos, strippers, etc., etc., etc., se ofrecen al mercado para beneficio del cliente, llamado también ser humano.
Para eso también el catolicismo á aportado desde el almanaque toda clase de fechas para que tengamos en cuenta. Santos por doquier nos representan con sus nombres y dias de nacimiento y deceso, proveyendo así a la comunidad de innumerables posibilidades de festejos tales como, nacimientos, aniversarios, despedidas, enlaces, recordatorios, reencuentros y hasta divorcios. Con este panorama no podremos entonces poner el grito en el cielo ante absolutamente nadie ante un bajón anímico o recaída alguna. Si no somos felices es porque no queremos. Y como no soy un Kelpers ni mucho menos un extraterrestre, también yo, muchas veces he tenido que recurrir a estos métodos por diferentes razones. Y creo sin temor a equivocarme que en pocas ocasiones es sido tan feliz como en medio de una pista de baile de un salón iluminado, con sombrero de plástico en la cabeza, porra multicolor en una mano y una estridente corneta en la boca al ritmo alocado de un reggeton de Daddy Yanqui o haciendo los pacitos alocados del baile del cuadrado.
Pero como todo en la vida, suelen suceder inconvenientes o situaciones no previstas. La vida tiene la puta característica de fluir como el agua e improvisar constantemente. Y muchas veces me he preguntado si no la dirige Oski Guzmán, algún jazzero negro norteamericano o un político argentino.
No todos los días estás invitado a un casorio con todos los chiches. Es decir, sin tener que pagar tarjeta alguna. Una fiesta en donde no tengas que poner un mango se transforma por estos días en una fiesta rara. Qué lindo es poder ocupar el espacio asignado por los organizadores a toda la familia completa. Redonda mesa adornada con blancos impolutos manteles con adornos florales multicolores. Pero el número impar resulta siempre incómodo. Somos cinco de familia. Y siempre sucede que, o te falta un lugar o lo contrario, te sobra. Imposible abordar un remis. Solo aceptan hasta cuatro pasajeros. Y por supuesto el que siempre tiene que ceder el lugar e inmolarse es papá Abrojo. Pero para beneplácito de todos y en especial mío, en este caso por suerte sobraba espacio. Seis lugares para cinco. Y la silla sin ocupar, para los abrigos y los bolsos. Una delicia. Ahí iba la fiesta. Con todo su glamour y con todo su Garbo. Con luces estridentes y sonido brillante. Con humo de colores y saltitos de baile. Los mozos veloces que observan atentos y la organizadora del evento que llega. Todos la miramos y ella nos mira y nos dice que si no tendríamos problema de que alguien ocupe la silla que sobra. Un rezagado familiar del novio, que a último momento llegaba, carecía de su lugar correspondiente. Y como somos cinco de familia y en la mesa había seis lugares, es decir que nos sobraba uno, y como lo que caracteriza a la familia es poseer el corazón abierto, aceptamos casi al unísono que la otra persona compartiera nuestra alegría y buen humor. Pero sucedió que inmediatamente luego de apoyar sus pompis en la silla, el tipo hizo saber su opinión acerca de lo que pensaba de las fiestas de esas características, de la novia, y del mundo en general. Era un denso el tipo. No había cosa que le viniera en gracia. En unos pocos minutos apuró al mozo, insulto al disc j y cuestionó a la organización. Hizo cambiar el vino en tres oportunidades, el plato en dos y la mesa en una. Se cambió de lugar y se acomodó a mi lado porque no soportaba a los niños (esos niños daba la casualidad que eras mis hijos) opinando abiertamente sobre ellos, de su modo de hablar, de vestir y de comer. Y no solamente de los niños sino también de toda la familia, bah de todas las familias en general. Opinó sin miramientos sobre mi modo de vivir. Y no se conformó con solo eso, para tranquilidad de todos los que habitábamos la mesa, luego el turno fue para la novia, mujer ahora de su hermano, es decir su cuñada. Nos enteramos sin de ninguna manera desearlo, de las pretensiones espúreas de la mujer para con su novel esposo. Que en realidad el objetivo de ella, eran unos campos con soja que su familia poseía, una casa antigua que había sido de sus abuelos y una importante cuenta bancaria heredada de la familia. Por eso tiraba la plata en un festejo de esas características, porque no era de ella la mosca y porque los negros eran así, se la tiran a toda de un saque y después te venian a pedir que los sacaras del pozo que ellos mismos se habían cavado. Y encima la yegua que nos gobernaba que les da la asignacion justo a estos que no quieren laburar. Que su hermano era un cornudo decía. Y no solamente el, sino todos los hombres de la familia. Que él era una especie de oveja negra no por lo malo, sino porque nunca había querido ser parte de toda esa mentira que era su parentela y que por ese motivo lo miraban de mala manera. Él se resistía a todo ese entuerto. Se negaba a ser parte, pero que en pos de tratar de que las cosas mejoraran, el participaba de esa fiesta que le resultaba tediosa, superficial y de poco nivel. Él decía no entender como la gente podía dejarse llevar por un festejo de tan poco nivel. Tan ruidoso y de tan poco vuelo. Muchas veces, lo admito, y con el tacto necesario, había tenido que repreguntar o detener su filosa verborragia para que repitiera sus aseveraciones porque entre el volumen de la música y su boca colmada de palmitos con salsa golf, no podía comprender lo que el tipo decía. Pero en un momento comprendí que el objetivo de su crítica ahora era la comida, la misma que masticaba. Que era una gronchada decía. Que todo era una grasada. Que no sabía porque mierda había decidido asistir al casamiento. Que maldecía el momento en el cual había tomado esa decisión.
De repente el odioso comensal tomo un respiro y un largo trago de vino tinto, no sin antes decir que estaba picado, y mirando a los demás participantes de la mesa, es decir nosotros, dijo en un tono bajito pero contundente que se iba porque ya no aguantaba más la farsa de la éramos parte, y que estaba cantado que en cualquier momento el boludo alegre de su hermano lo iba a ser hablar y el no tenía la más mínima intención de mentir y que si nosotros éramos una familia inteligente tendríamos que tomar la misma decisión que estaba tomando el. Por el bien de los niños decía, que son el futuro del país. Y mientras daba el último lengüetazo a la cucharita colmada de helado se despedía observándonos como con piedad.
Debo confesar que luego de su despedida, un silencio profundo se apoderó de la mesa. El rito del vals, el del ramo y el de la liga, ya habían pasado sin que nos hubiéramos percatado de ello. Todo había sucedido rápido y como en un sueño. El baile estaba ya en un momento álgido motivado por el bao del alcohol y el cotillón del carnaval carioca. Él niño más pequeño dormía ya un sueño profundo, el del medio había ya roto su copa y su plato correspondiente y el mayorcito insultaba en cuatro idiomas y en todos los colores por el embole presenciado, cuando decidimos la partida con mi esposa. Lentamente y como resignados nos acomodamos los abrigos y nos colgamos los bolsos. Entre las mesas nos hicimos lugar buscando la puerta de salida rodeando la pista de baile lentamente. Y cuando ya casi lográbamos el objetivo de traspasarla pasando desapercibidos, una mano urgente y transpirada que sujeta mi brazo fuertemente. Y para mi sorpresa, para sorpresa de todos los componentes de mi familia, incluso del más pequeño, despierto ya, descubrimos que el que tomaba mi brazo no era ni más ni menos que el tipo mala onda y resentido que hacía unos minutos nos había llenado la cabeza con sus manifestaciones pesimistas. Pero el tema era que ese hombre que ahora nos hablaba efusivamente, con la camisa afuera del pantalón, con la corbata de vincha, con una botella en una de sus manos y con un micrófono en la otra, había sufrido una transformación, no era el mismo de un momento atrás. Este era otro, otro que nos quería convencer de que nuestra decisión de abandonar la fiesta era incorrecta. Que nos íbamos en lo mejor del festejo. Que había que disfrutar porque la vida era una sola y toda una sarta de perogrulladas anteriormente criticadas por él. Y lo hacía metiéndonos el micrófono en la boca cual notero de TN y Crónica juntos. Y cuando una mirada mía se le cruzo en sus ojos como una pregunta obvia el tipo sacándose el micrófono de su boca dejo soltar en mis oídos que bueno, que no había que ser tan malo, que había que ser compresivo y fundamentalmente tolerante con los demás. Cuando el micrófono volvió a su boca, fue para arengar a los invitados en contra de los que casi corriendo por temor a ser linchados salíamos del salón. Entre gritos y abucheos tomamos la calle sin mas, mientras de fondo y como musica insidental, pudimos escuchar, a lo lejos, al tipo pidiendo un cálido aplauso para los felices recién casados.
