viernes, 13 de mayo de 2011

Y NO SOY DIEGO TORRES.


Me he dado cuenta de una cosa. Y lo descubro muy a mi pesar. Llegué a la conclusión que tengo alma de Boy Scout. Pero con una particularidad: yo detesto a los Boy Scout. No puedo entender cómo puede haber gente que este siempre dispuesta a hacer cruzar las calles a viejitas con bastón o a bajarte un gato trepado a un árbol inmenso. No se puede ser bueno todo el tiempo, y gratis. Es por eso que he decidido hacer pública mi problemática. Es que aunque no quiera, aunque me niegue, hay algo que me lleva a estar siempre en lugares donde debería estar un verdadero Scout. Pero es evidente que ellos siempre se encuentran donde debería o me gustaría estar a mí. A ver. Sé que todo este relato les va a sonar quizá un poco absurdo. Pero quiero decirles, inteligentes lectores de la más popular publicación de humor de Venado Tuerto, exceptuando el Informe diario por su puesto, que la problemática que sufro merece el espacio, y también, porque no se me ocurrió otra cosa para escribir. Quiero decir que soy un Scout sin quererlo ser. Aunque me niegue, siempre voy al encuentro de lo que huyo, como Edipo. Soy el típico, para nombrarlo definitivamente y visualizar el problema, “justo pasaba por ahí”. Desde chiquito nomás me vi ayudando a mi pesar. Pero cuando uno todavía es niño, esta medio en la boludez y no alcanza a tomar consciencia cierta de que la vida es una mierda y esas cosas, porque vive inmiscuido en un limbo donde cree que todo es paz y armonía. Para que contarles a ustedes que ya se habrán dado cuenta hace rato de como son los niños. Esa edad donde el ser humano aún no es tal. Un pre-humano diría.
Pero la cuestión es cuando uno crece e ingresa a la madurez. Ya con las patas metidas hasta las rodillas en ese denso barro, de a poco y solito, me fui dando cuenta de que algo me sucedía. No podía ser que cada vez que salía a la calle a alguien le pasara algo y el que estaba para rescatarlo era este humilde servidor. Al principio nadie se percataba de mi situación, pero al pasar el tiempo ya nadie quería estar al lado mío. La gente no es solidaria.
Lo primero fueron por su puesto los automóviles. Y no en cualquier lugar, no. Siempre elegían ser empujados por mi en lugares conchetos atestados de ellos. Inmensos cascajos descoloridos y ruidosos. Un grandote pelilargo que se asomaba por la ventanilla y con un contundente: "papá empájame el bólido" que me invitaba al esfuerzo desinteresado. Todo el mundo que huía y el que quedaba de cara a todo, de culo al mundo, era yo, el "justo pasaba por ahí". Que quemo. Si ninguna me había mirado hasta ese entonces, imagínense ustedes luego de semejante acto. Empujar un auto que se á detenido debe ser una de las experiencias más denigrantes que un ser humano pueda vivir. Y suele ser lo primero con que el "Justo pasaba por ahí " se topa. Luego el destino deja fluir su libre albedrio desatado y todo lo demás viene como por añadidura. Es decir: típica parejita peleando a los gritos. Uno se hace el boludo, hace como que no oye, como que no ve. En eso el hombre que toma por el cuello a la señorita, y esta comienza a dar aullidos dignos de una película de terror. Uno que relojea y la chica que te dice: "flaco salváme que este salvaje me quiere asesinar". Uno que intenta escapar. La mujer que rueda al piso y el muchacho que le cae encima con sus manos aprisionando su fino y delicado cuello. Y uno que piensa que si no se mete el tipo la va a matar. No es tu tema, pero ¿y si se muere? Que voy a tener que ir a declarar a la cana. Que el remordimiento. Y entonces como todo buen "justo pasaba por ahí " debe actuar y actúa, es decir, abalanzándose sobre el tipo que está por hacer pasar a otro mundo a esa pobre mujer, enredándose en una gresca descomunal hasta que alguien se percata de la situación y logra detener la violenta acción ante los gritos de horror de la mujer que al notar que al pibe con el cual había estado por perder la vida se le está inflamando un ojo, no por un golpe propinado por su salvador, sino por haberse dado contra el cordón por el forcejeo, comienza a descerrajarte una ondanada de insultos y amenazas tales como: "forro que te metes en asuntos que no te importan, te voy a denunciar. Te vas a comer un juicio de la puta madre. Mira lo que le hiciste. ¿No te das cuenta que yo lo amo?" Y el "justo pasaba por ahí " que trata de defenderse con un "pero si vos me pediste ayuda, te estaba por matar" y la moquienta señorita que te dice que no, que ella solo había querido que le hablaras al tipo, no que le pegaras de esa manera, concluyendo en el mejor de los casos, con un "¿por qué no te buscas una mina pajero?. Si te creíste hombre por hacer esto te comento que sos un puto vos". Al amor no hay con que darle.
Y asi, de esta manera, el "justo pasaba por ahí" va dedicando su vida al otro muy a pesar suyo. El es consciente de su cruz, de su karma, pero igual no se deja llevar por la inmovilidad. El tiene que vivir. El también es un ser humano. Por eso es que sigue exponiéndose constantemente a su destino, si total nada puede modificar. Es un boludo y lo sabe. Como también sabia esa nochecita en la que decidió ir a comprar cigarrillos al kiosco de la esquina, que algo le podria llegar a suceder y terminar habitando el hoyo mugriento en el cual hoy habita. Solo dos cuadras le bastaron caminar para toparse con un cojudo operativo policial. Un blindado agujereado por todas partes como asi tambien sus ocupantes. El cana que lo llama involucrandolo de lleno en el hecho, pero como testigo. Y el tipo que no vio nada por su puesto, pero igual firma y dice lo que no sabe, por cagón nomás y por querer hacer lo correcto con la justicia y al tiempo que se descubre que el operativo fue armado, y que los que reventaron el camion de caudales son los mismos ratis que le pidieron salir como testigo y por lo tanto queda detenido por falso testimonio. Quedo preso. Adento. A la sombra. En cana. En cafua. Yo, el "justo pasaba por ahí". Sin haberlo querido ni deseado. Solo por haber sido el que justo pasó por ahí, el que hizo lo que tenia que hacer pero a destiempo, sin buscarlo, sin desearlo, sin comprenderlo y por pelotudo.
-Oia, -dice mi compañero de celda, -entraste justo cuando mas lo necesitaba.
-¡¡Guardia!!! -grito desesperado. Y no soy Diego Torres.

domingo, 1 de mayo de 2011

LAS CARATAS, ORGULLO NACIONAL.




Relato de Miguel "MILI" Lerotich, de la revista A partir de Cero. N°-8. 1995




Si de algo no me arrepiento, es de haber viajado un poco. No por el mundo, pero si por recónditos lugares. Y se dice que con amigos todos los sitios son paradisíacos. Coincido casi plenamente. No negaria, por humildes que hayan sido los paisajes, los buenos momentos vividos. San Luis, Villa Mercedes, Merlo, Carlos Paz, Altas cumbres, Catamarca, Carmen, Chapuy, Labordevoy e intermedias.
Paisajes telúricos y auténticos. Queso de cabra y canastos de mimbre a la orilla de la ruta. Siempre dentro del país. Consciencia patriótica, que le dicen. Y, la mochila cansa, ¿viste? Deseábamos un buen lugar. Un viaje cómodo.
Ante todo declaro mediante esta publicación al extinto Bonelli Viajes: Culpable.
No conocimos Rio, Roma ni Paris (solo al doctor), pero si las Cataratas del Iguazú, orgullo nacional. Imagino igualmente mas emocionante un puñado de brasileñas en traje de baño caminando por la blanca arena, que el popular coatí (hoy casi en extinción) bajando de la arboleda. Pero con amigos. Eso es importante. Les digo más: el impacto visual de las cataratas es un espectáculo impagable. Conciso. Corto. Un impacto de treinta segundos. Para eso viajamos veintiséis horas de ida y veintiséis de vuelta. Nos sobraron catorce dias y medio que distribuimos inteligentemente entre los naipes, el alcohol y la novedosa TV brasileña. Porque si resulta aburrida la pesca, imaginen mirar como pescan. Pero, ¡que tranquilo que es! Podemos dar fe de la paz litoraleña.
De las mujeres voy a hablar después.
Suele ser injusta la vida. Mientras algunos danzan en algún lugar de la playa de Copacabana, otros contemplan con filosofía budista, el lago azul de Ipacaraí. Tan azul para unos y tan negro para otros. Pero, ¡cuántas cosas a favor! Evitamos felizmente griterías adolescentes y diversión desenfrenada. Viajamos con cuarenta ancianos, pero con un espíritu de setenta años. La penosa situación económica a la que llegamos velozmente, fue culpa del whisky importado y la propina obligatoria. Todo un presupuesto.
La belleza de Misiones no la conocimos, pero la intuímos, porque permanecimos todo el tiempo dentro del hotel, muy ausente de lujos él. Dicen que la tierra es colorada.
Pero, ¡como se divertían las ancianas con nosotros! Para mi era como tener la abuela que nunca tuve. Ahora me pregunto yo concienzudamente: ¿Que será mas grato al espíritu occidental? ¿Restregarse libidinosamente contra cuerpos morenos y de prominentes curvas al ritmo de Vinicius o rezarle, vela en mano, a la milagrosa virgencita de Caacupé? Nosotros apostamos por la virgen. Y eso se lo debemos en gran parte al desaparecido Bonelli Viajes.
Después de quince dias agotadores, terminamos el tour en la Ruinas de San Ignacio. Excelente construcción, pero viejisima. Espectáculo conmovedor, pero no por eso erótico. Mirámos los muros por un momento y dijimos: Ruinas, en algo nos parecemos.
Pero recuerdos nos quedaron. Aún hoy, pasado el tiempo, recordamos el viaje con emoción. Aquel inolvidable baile de la botella en Asunción. Donde una niña danzaba incansablemente, apilándose decenas de botellas en la cabeza. Espectáculo que en cualquier lugar de Europa costaría fortuna, pero que a nosotros nos costó apenas treinta y cinco dólares. O las caminatas nocturnas por la capital paraguaya desierta de gente pero no de agentes. Aventura pura. Mucha noche. Aprendimos también, cuan lejos está la comida francesa de la sopa paraguaya.
Eso si, sida, ni ahí. Volvimos como tantas veces, abolutamente sanos. Alejados por completo de cualquier enfermedad contagiosa o virus posible.
Pensamos en el proximo viaje. Nos hablaron mucho de Luján. De sus bondades religiosas. Su trascendencia histórica. Pero no nos convence. Estamos comprometidos. No podemos ir. No sea que se ponga celosa la milagrosa virgencita de Caacupé.
De las mujeres voy a hablar después.