domingo, 1 de mayo de 2011

LAS CARATAS, ORGULLO NACIONAL.




Relato de Miguel "MILI" Lerotich, de la revista A partir de Cero. N°-8. 1995




Si de algo no me arrepiento, es de haber viajado un poco. No por el mundo, pero si por recónditos lugares. Y se dice que con amigos todos los sitios son paradisíacos. Coincido casi plenamente. No negaria, por humildes que hayan sido los paisajes, los buenos momentos vividos. San Luis, Villa Mercedes, Merlo, Carlos Paz, Altas cumbres, Catamarca, Carmen, Chapuy, Labordevoy e intermedias.
Paisajes telúricos y auténticos. Queso de cabra y canastos de mimbre a la orilla de la ruta. Siempre dentro del país. Consciencia patriótica, que le dicen. Y, la mochila cansa, ¿viste? Deseábamos un buen lugar. Un viaje cómodo.
Ante todo declaro mediante esta publicación al extinto Bonelli Viajes: Culpable.
No conocimos Rio, Roma ni Paris (solo al doctor), pero si las Cataratas del Iguazú, orgullo nacional. Imagino igualmente mas emocionante un puñado de brasileñas en traje de baño caminando por la blanca arena, que el popular coatí (hoy casi en extinción) bajando de la arboleda. Pero con amigos. Eso es importante. Les digo más: el impacto visual de las cataratas es un espectáculo impagable. Conciso. Corto. Un impacto de treinta segundos. Para eso viajamos veintiséis horas de ida y veintiséis de vuelta. Nos sobraron catorce dias y medio que distribuimos inteligentemente entre los naipes, el alcohol y la novedosa TV brasileña. Porque si resulta aburrida la pesca, imaginen mirar como pescan. Pero, ¡que tranquilo que es! Podemos dar fe de la paz litoraleña.
De las mujeres voy a hablar después.
Suele ser injusta la vida. Mientras algunos danzan en algún lugar de la playa de Copacabana, otros contemplan con filosofía budista, el lago azul de Ipacaraí. Tan azul para unos y tan negro para otros. Pero, ¡cuántas cosas a favor! Evitamos felizmente griterías adolescentes y diversión desenfrenada. Viajamos con cuarenta ancianos, pero con un espíritu de setenta años. La penosa situación económica a la que llegamos velozmente, fue culpa del whisky importado y la propina obligatoria. Todo un presupuesto.
La belleza de Misiones no la conocimos, pero la intuímos, porque permanecimos todo el tiempo dentro del hotel, muy ausente de lujos él. Dicen que la tierra es colorada.
Pero, ¡como se divertían las ancianas con nosotros! Para mi era como tener la abuela que nunca tuve. Ahora me pregunto yo concienzudamente: ¿Que será mas grato al espíritu occidental? ¿Restregarse libidinosamente contra cuerpos morenos y de prominentes curvas al ritmo de Vinicius o rezarle, vela en mano, a la milagrosa virgencita de Caacupé? Nosotros apostamos por la virgen. Y eso se lo debemos en gran parte al desaparecido Bonelli Viajes.
Después de quince dias agotadores, terminamos el tour en la Ruinas de San Ignacio. Excelente construcción, pero viejisima. Espectáculo conmovedor, pero no por eso erótico. Mirámos los muros por un momento y dijimos: Ruinas, en algo nos parecemos.
Pero recuerdos nos quedaron. Aún hoy, pasado el tiempo, recordamos el viaje con emoción. Aquel inolvidable baile de la botella en Asunción. Donde una niña danzaba incansablemente, apilándose decenas de botellas en la cabeza. Espectáculo que en cualquier lugar de Europa costaría fortuna, pero que a nosotros nos costó apenas treinta y cinco dólares. O las caminatas nocturnas por la capital paraguaya desierta de gente pero no de agentes. Aventura pura. Mucha noche. Aprendimos también, cuan lejos está la comida francesa de la sopa paraguaya.
Eso si, sida, ni ahí. Volvimos como tantas veces, abolutamente sanos. Alejados por completo de cualquier enfermedad contagiosa o virus posible.
Pensamos en el proximo viaje. Nos hablaron mucho de Luján. De sus bondades religiosas. Su trascendencia histórica. Pero no nos convence. Estamos comprometidos. No podemos ir. No sea que se ponga celosa la milagrosa virgencita de Caacupé.
De las mujeres voy a hablar después.

No hay comentarios:

Publicar un comentario