miércoles, 20 de octubre de 2010

LA ESTREPITOSA CAÍDA DE JUAN CARLOS ECHEVERRY.(Septima parte)


El tiempo se detuvo y ya no importó la realidad. Ninguna.

Cuando desperté, Echeverry me miraba directo a la cara sacudiendo mi cabeza violentamente.

-Despertáte boludo. ¿Qué te paso? Despertáte.

Con un enorme esfuerzo pude abrir los ojos y me di cuenta que la morocha yacía a mi costado con sangre en su rostro. Tome su cara manchándome de rojo. Parecía muerta y no sabía su nombre.

-No la toque ¿Qué mierda hizo? Rajemos de acá.

-Pero, no se que pasó. Yo no recuerdo que pasó Echeverry.

-Se mandó una cagada. Y grande maestro.

Cuando atravesamos el boliche todavía la rubia se bamboleaba sobre la barra. Echeverry se detuvo un instante como queriendo aferrarse a ese momento que intuía irrepetible. Tomó entre sus manos el vaso y con un golpe seco dejó concluir su denso contenido dentro de su garganta seca. El destino indomable tenía su color identificatorio, borgoña era, como la sangre, destino trágico, de no saber que pasa. Ni atrás ni adelante, no. Ni arriba ni abajo. Y seguir, a pesar de todo seguir.
Echeverry me miró con su mentón pegado a su hombro tratando de encontrarme quizás por primera vez.

-Los bomberos no me retuvieron. Mi cabeza dio de lleno contra el pavimento. Tendría que estar muerto.

-Tenemos que irnos Echeverry. Tenemos que irnos.

-¿Irnos? Usted está loco amigo. No podemos ir ya a ninguna parte. Estamos atrapados. No se haga el boludo ahora.

-Si, pero tengo que salirme, no soporto mas esta situación. Este es el momento para escapar, ahora es, porque me estoy dando cuenta que ya no puedo hacer mas nada. Lo único que podría hacer por usted es dejarle el libro, pero lamentablemente no lo tengo en mi poder y no tengo las pruebas suficientes.

-Dígame una cosa, usted siempre sale así. ¿No le parece demasiado absurdo su modo de actuar? Para mi todo esto es una gran pelotudez. Usted es un boludo importante y además un asesino. Porque no se olvide que esa mujer esta muerta, muerta maestro.

-Falta mucho para que mi hora llegue papi.

La irrupción de la mujer conmovió nuestras humanidades masculinas sobresaltándolas. La morocha se limpiaba la sangre de su cara con las manos introduciendo su dedo índice entre sus labios cual vampira sedienta de sangre.

-Es tomate. Cuando yo hago el amor todo se derrumba. La estantería se nos vino encima chicos. No mataron a nadie.

Juro que no podía creer lo que acababa de observar. La morocha a Dios gracias no estaba muerta, pero me producía lo que comúnmente se denomina vergüenza ajena el modo en que el escritor había resuelto la escena. Era de una ordinariez suma. No podía estar dentro de una trama en donde un incapaz era el que escribía la historia. El teléfono, el desmayo eran una salida de telenovela barata y el tipo lo implementaba sin miramientos. ¿Qué era lo que quería? Pero lo que mas lástima me causaba era Echeverry. El tipo no tenia salida. Estaba perdido. Y era evidente que Kuts se estaba cagando de risa de todos nosotros.
Pero no todo era como este servidor pensaba. Echeverry también lo hacía, y creo que a toda velocidad. Su cabeza se movía velozmente como apremiado por el tiempo. El tipo analizaba con certeza la situación. Su hora llegaría en cualquier momento y algo tenia que hacer.
Cuándo la morocha se perdió entre el humo del local nocturno sin explicación ninguna, Echeverry introdujo su mano dentro de su sobretodo cremita, y extrayendo un hermoso revolver plateado dejó escapar un comentario que intuí grosero. Mi cara se reflejo en el caño viéndome despeinado.

-¿Pero que mierda hace?

-Usted no se va de aquí ni a palos señor. Tenemos que resolver unas cositas todavia. Me va a decir como es que se introdujo en la história. Tengo que ir a su mundo para hacer boleta a Kuts. Porque sino el muerto va a ser usted.

domingo, 3 de octubre de 2010

LA ESTREPITOSA CAÍDA DE JUAN CARLOS ECHEVERRY.(Sexta parte)


El silencio tomó la palabra por unos minutos, mientras nuestras miradas se buscaron tímidamente. Entonces Echeverry invitó:

-Vamos a un bar.

La noche se desplomaba densa e irremediable. Ya nadie podía detener nada. El mundo fluía por si solo y daba la sensación que los personajes habían tomado el argumento por asalto. El autor tenía los dias contados.

-Dos tintos.

Dos mujeres montadas sobre la barra doblaban sus cuerpos tatuados y aceitosos hasta el extremo. Hacían como que. Imitaban. Y lo imitaban muy bien. La rubia cerraba sus ojos como concentrada en la música. La morocha achinaba los suyos, negros, negros azabache. Negros ojos conocidos. No. ¿No?

-Yo hasta hace unos días estaba hasta las manos por una así.

-Y, esta muy buena la morocha Echeverry.

-La rubia, yo hablo de la rubia.

Una sonrisa Gioconda dibujó su boca. Quizás el también fluía ahora. Se iba de sus propias manos. Y por que no un hombre.

-Mire Echeverry...

-Mire Echeverry, mire Echeverry. ¿Que tengo que mirar señor?

-Su vida, eso tiene que mirar señor. Lo desdichado que es, eso. Ver que un tipo decidió por usted, que lo inventó. Tal vez por un capricho o porque tenia un mal viaje o porque su novia lo había abandonado por otro. Usted es un invento. Rompa el libro. Mire a los ojos al autor, ese hijo de puta que le cagó la vida. Porque sino usted no existe mi amigo.

Los tintos eran historia pero la morocha no. Es que era muy parecida, demasiado. Pero no podía ser. ¿No podía?
La chica dio un salto que podría denominar gatuno y frente a mi, mirándome fijo a los ojos, dejo deslizar un comentario que creí de novela.

-¿Que haces acá? Veni, acompañame sin hablar.

Echeverry me guiño un ojo como aprobando la situación para luego seguir con su mirada las piernas blancas de la rubia. Detrás de una cortina bordó oscuro la morocha mordió sus labios húmedos jadeante y sin hablar. Tomó mis manos temblorosas y las depositó fuerte sobre sus nalgas, donde un fino hilo evitaba cubrirlas.

-Tocáme el culo, dale tocáme.

Su boca carnosa y abierta dejó escapar una lengua que supe sabrosa dentro de la mia. No me costó demasiado desnudar su cuerpo resbaloso, sus prendas escasas rodaron por el piso rapidamente mientras perdia mi cara entre sus piernas, allí, dentro de lo mas parecido al paraíso que conozco.