domingo, 3 de octubre de 2010

LA ESTREPITOSA CAÍDA DE JUAN CARLOS ECHEVERRY.(Sexta parte)


El silencio tomó la palabra por unos minutos, mientras nuestras miradas se buscaron tímidamente. Entonces Echeverry invitó:

-Vamos a un bar.

La noche se desplomaba densa e irremediable. Ya nadie podía detener nada. El mundo fluía por si solo y daba la sensación que los personajes habían tomado el argumento por asalto. El autor tenía los dias contados.

-Dos tintos.

Dos mujeres montadas sobre la barra doblaban sus cuerpos tatuados y aceitosos hasta el extremo. Hacían como que. Imitaban. Y lo imitaban muy bien. La rubia cerraba sus ojos como concentrada en la música. La morocha achinaba los suyos, negros, negros azabache. Negros ojos conocidos. No. ¿No?

-Yo hasta hace unos días estaba hasta las manos por una así.

-Y, esta muy buena la morocha Echeverry.

-La rubia, yo hablo de la rubia.

Una sonrisa Gioconda dibujó su boca. Quizás el también fluía ahora. Se iba de sus propias manos. Y por que no un hombre.

-Mire Echeverry...

-Mire Echeverry, mire Echeverry. ¿Que tengo que mirar señor?

-Su vida, eso tiene que mirar señor. Lo desdichado que es, eso. Ver que un tipo decidió por usted, que lo inventó. Tal vez por un capricho o porque tenia un mal viaje o porque su novia lo había abandonado por otro. Usted es un invento. Rompa el libro. Mire a los ojos al autor, ese hijo de puta que le cagó la vida. Porque sino usted no existe mi amigo.

Los tintos eran historia pero la morocha no. Es que era muy parecida, demasiado. Pero no podía ser. ¿No podía?
La chica dio un salto que podría denominar gatuno y frente a mi, mirándome fijo a los ojos, dejo deslizar un comentario que creí de novela.

-¿Que haces acá? Veni, acompañame sin hablar.

Echeverry me guiño un ojo como aprobando la situación para luego seguir con su mirada las piernas blancas de la rubia. Detrás de una cortina bordó oscuro la morocha mordió sus labios húmedos jadeante y sin hablar. Tomó mis manos temblorosas y las depositó fuerte sobre sus nalgas, donde un fino hilo evitaba cubrirlas.

-Tocáme el culo, dale tocáme.

Su boca carnosa y abierta dejó escapar una lengua que supe sabrosa dentro de la mia. No me costó demasiado desnudar su cuerpo resbaloso, sus prendas escasas rodaron por el piso rapidamente mientras perdia mi cara entre sus piernas, allí, dentro de lo mas parecido al paraíso que conozco.

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