domingo, 19 de diciembre de 2010

PERO NO LO LOGRÉ.



Quise hacer lo mismo que Ricardito Alfonsín, que usa los trajes de su padre y se sienta en el sillón donde lo hacia Ricardo para absorber su energía y de ese modo poder ser lo que el ex presidente por momentos fue, un gran mandatario, poniéndome la ropa de laburo de mi viejo, y de ese modo poder ser lo que toda su vida fue, un gran laburante, pero como Ricardito no lo logré.
Debo admitir que le puse onda al tema, yo quería darles a mis viejos una satisfacción. No es que dentro mío no existiera la culpa o la responsabilidad, no. Dentro de mí había algo superior. Algo que no podía dominar. Un agotamiento ancestral. Pero un día supe que era. Llegué a la conclusión de que este servidor era el cansancio de mi padre y de mi madre hecho carne. Yo no tenía la culpa.
Pero aún así no me di por vencido. Entonces fue que quise hacer lo mismo que la Carrió, que a todas las embajadas repartió sobres con misivas alertando a todos los países que el caos y la perdición una vez mas llegarían a la Argentina, como castigo y reprimenda por los pecados estatizadores cometidos, repartiendo también a diferentes empresas de mi ciudad, sobres con mi curriculum vitae en forma de misiva y así de esa manera poder conseguir un trabajo digno para salir de una buena vez y por todas del caos y la perdición en la cual vivo, pero como a la Carrió nadie me creyó.
Entonces fue que como por decantación llegó a mi vida la actividad artística. Y cuando digo por decantación no es que quiero decir que todos los artistas sean unos vagos, de ninguna manera. El tema es que los vagos suelen tener el espíritu predispuesto a la meditación y al ocio. Luego vendrá el interés por hacer que ese ocio y esa meditación sean volcados hacia la creatividad. Los otros elegirán seguramente la política. Digo, solo por dar un ejemplo boludo. Ejem.
No fui político. El arte me abrazo como un oso lo haría, y entonces las actividades de ese tenor fueron mi rutina diaria durante un largo período de mi interesante vida. Inclusive hasta el día de hoy paseo mi humanidad por diferentes escenarios. Cámaras, flashes, retratos, aplausos. Y recuerdo como si fuera hoy, cuando fui convocado para integrar el staff de esta reconocida publicación. Mes a mes mis aguafuertes como pinturas reflejaron la idiosincrasia del venadense tipo para beneplácito de muchos y bronca de otros. Fui reconocido, alabado, pero también criticado por los poderosos de turno, que veían en este personaje a un desestabilizador populista y justiciero.
Y entonces fue que en cierta ocasión, mi conciencia se apersonó ante mi en forma de sueño y me aconsejo que hiciese como luisito Barrionuevo, que en cierta oportunidad declaró a la prensa independiente, como así también a la militante de mi país (cual es cual queda a consideración del inteligente lector de esta popular revista) que para que esta nación saliera de una buena vez de su atolladero, había que dejar de robar al menos por dos años, tratando de no escribir al menos por dos meses en las páginas centrales de la publicación que en este mismo momento usted está leyendo y dejar así de esa manera de robar por un tiempito con mis temas aburridos y recurrentes, pero como luisito no lo logré.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Texto leído por Marcelo Sevilla en la presentación de "Pero nadie contestó y otros relatos" de Walter Abaca.


“Dentro de la cultura africana, hay un grupo que se denomina Dogon. Cuentan que todos los hombres de esa cultura dogon, tienen un secreto íntimo, absolutamente privado, que no le cuentan a nadie, ni a sus hijos. Un secreto que nadie jamás logrará develar y que se llevan a la tumba. Ese secreto es su nombre… todos los hombres dogon tienen un secreto, que es su verdadero nombre, que ellos mismos se ponen y que nadie más conoce. Y después usan otros “falsos” para la comunicación pública y la conversación. Por guardar tan celosamente este secreto, denuncian, sin quererlo, que al mundo siempre le falta algo, le falta por lo menos una serie de “nombres” que tan sólo los otros pueden imaginar o construir”.
En ese juego estamos: cuando construimos o refundamos un relato, un cuento, y participamos de este juego: el de sentir que al mundo –al menos a este mundo- le faltan cosas y nosotros podemos soñar nuevos nombres para el misterio.
Es fácil encontrar en el libro de Wally, esos relatos cálidos, el romanticismo de “Juan, el chato”, que cortó campo una mañana; O Catalina o Anita la lisa y las tetas de dios, reventando (y perpetua, nuestra “cierta curiosidad por las tetas”), o algo tan familiar como un bebedor empedernido (“gente asidua a la bebida por diferentes motivos o causas”) o el borracho trajeado. El cantante enamorado de los “Utópicos Primavera”: esa… banda.

Pero, quisiera, si ustedes me lo permiten, abordar esta presentación desde otro lugar. Entrar por otra puerta, para detenernos, frente a un muchacho -venadense esta vez- que escribe, y que –además- edita un libro. Que ejecuta un profundo acto de poder.
Y detenernos ahí, en este ahí de esta manera de ser: manera de ser en la podemos –si tenemos un poquito de ganas- rastrear algunas huellas. Y traerlas. Y donde podemos encontrar una continuidad. Y si miramos alrededor, podemos decir, hasta geográfica.

Hay, si nos interesa, un gesto poderoso: El gesto de, poner, tender delante, reunir.
Y en ese recorrido, los nombres propios, por ahí, se desfiguran, afortunadamente.
Hay, como voces, que lo explican mejor. Son voces que –si cerramos los ojos un instante- empezarían a aturdirnos desde los pasillos.
Y a esa pequeña fogata, quisiera re vincular.

Primero, por la maravilla que cualquier hecho poético supone, en medio de tanto disparate. En medio de esta vida sin calidad que constituye lo esencial de la trama social. Este desencantamiento con la vida cotidiana. Un mundo que no permite que las cosas resplandezcan en su plenitud, comenzando por nosotros mismos. Donde hemos confirmado que nada lleva a ninguna parte. Y “sin cielo, porque ya no hay ningún lugar donde apoyar la cabeza”.


Las abejas hacen algo perfecto que es el panal. El problema es que no pueden dejar de hacerlo. Los seres humanos podemos dejar de hacer lo que presuntamente estamos destinados a hacer.
En un libro, hay un decir. Y Lo dicho, muchas veces, está sostenido por eso no dicho, como si fuera su sombra. Y la sombra que merodea por acá, son los días y las noches, donde un hábitat de peregrinos bibliotecarios rondaban y roncaban.

Hubo una reunión de resistencia. Una zaga que permanece en el brutal acto de narrar o de editar un libro.
Fui testigo. Sentíamos –sigo sintiendo- que a la existencia que nos ha sido dada, había –hay- que dotarla de vida. Por entonces la llamábamos “la vida de la vida”.
“Nuestro inconfesado orgullo era carecer de una profesión… no leíamos ni estudiábamos para tener un título, ni para tener antecedentes, ni publicábamos para ganar plata. Lo que estaba puesto en juego eran necesidades vitales vertiginosas”.

Una desobediencia, no civil. Podríamos llamarla una desobediencia familiar. Una renuncia al sometimiento que imponen los ritmos sociales.
Una ínfima utopía, pero Sin idea de victoria como último momento. Sin paraíso allá. Verdes, en el sentido de Gombrowicz: inmaduros, infantiles. “Cainistas”, que llevan la marca de Caín. Gente que uno reconoce por la mirada, que no ensambla fácil en el “engranaje”, que tiene alguna observación que hacer sobre “eso” que las pantallas cotidianas se muestran como “lo real”.
Algo no tan enorme como una revolución, pero tampoco tan chiquito como “una manifestación por Fibertel”.
Una tentativa de tipos débiles, Vulnerables. Que no querían ni defenderse, ni derrocar, ni combatir, simplemente “no”: Un “no” de afirmación. No darle todo o tanto a la máquina. Un infinito no-esto
“De todo quedó un poco.
De mi miedo. De tu asco.
De los gritos reiterados. De la rosa
quedó un poco. Quedó un poco de luz
captada en el sombrero.
En los ojos del rufián
de ternura quedó un poco
(muy poco).”
Esa sombra permanece. No guardada en ninguna parte. Perdida, diseminada por ahí. Hoy reencontrada. Así, sin ninguna nostalgia. Sin ninguna moraleja, sin ninguna conclusión. Y (que me perdone el señor Facultad libre) sin propietarios, porque fue –antes que nada- una expresión colectiva.

“Pasamos media vida mirando hacia allá, imaginando. Tanto que nos parece que ya nos hemos ido.
Y un día, al alzar los ojos, estamos aún en el mismo sitio. Acostumbradamente se cruzan nuestros trenes y cada instante es una despedida.
... Y nosotros… respiramos bien fuerte y nos sacudimos el polvo cantando. Cantando al azar. Porque nada está colmado, porque aún no hemos llegado a ningún sitio.
(Tampoco llegaremos luego, ni nunca; pero nos parecerá que sí). Y podemos hacer mucho ruido para que todos sepan que estamos aquí todavía.
No se trata de intentar hacer eterno el tiempo. De intentar guardarse unas horas que sólo son para que hayamos sabido irlas viviendo y soltando mientras pasaban intensas y redondas. Que no valen por ellas mismas sino por lo que nos han enseñado al beberlas.
Pero sí es tiempo de mirar alrededor haciendo un recuento como después de una hermosa cosecha, y sentir alegre el corazón porque es todo nuestro aunque lo dejemos aquí, aunque vengan los demás a quitarnos el sitio, ese pequeño sitio.

Si sabemos marcharnos diciendo: "Hasta mañana", nos quedaremos para siempre y nos lo llevaremos todo en nosotros”.

miércoles, 20 de octubre de 2010

LA ESTREPITOSA CAÍDA DE JUAN CARLOS ECHEVERRY.(Septima parte)


El tiempo se detuvo y ya no importó la realidad. Ninguna.

Cuando desperté, Echeverry me miraba directo a la cara sacudiendo mi cabeza violentamente.

-Despertáte boludo. ¿Qué te paso? Despertáte.

Con un enorme esfuerzo pude abrir los ojos y me di cuenta que la morocha yacía a mi costado con sangre en su rostro. Tome su cara manchándome de rojo. Parecía muerta y no sabía su nombre.

-No la toque ¿Qué mierda hizo? Rajemos de acá.

-Pero, no se que pasó. Yo no recuerdo que pasó Echeverry.

-Se mandó una cagada. Y grande maestro.

Cuando atravesamos el boliche todavía la rubia se bamboleaba sobre la barra. Echeverry se detuvo un instante como queriendo aferrarse a ese momento que intuía irrepetible. Tomó entre sus manos el vaso y con un golpe seco dejó concluir su denso contenido dentro de su garganta seca. El destino indomable tenía su color identificatorio, borgoña era, como la sangre, destino trágico, de no saber que pasa. Ni atrás ni adelante, no. Ni arriba ni abajo. Y seguir, a pesar de todo seguir.
Echeverry me miró con su mentón pegado a su hombro tratando de encontrarme quizás por primera vez.

-Los bomberos no me retuvieron. Mi cabeza dio de lleno contra el pavimento. Tendría que estar muerto.

-Tenemos que irnos Echeverry. Tenemos que irnos.

-¿Irnos? Usted está loco amigo. No podemos ir ya a ninguna parte. Estamos atrapados. No se haga el boludo ahora.

-Si, pero tengo que salirme, no soporto mas esta situación. Este es el momento para escapar, ahora es, porque me estoy dando cuenta que ya no puedo hacer mas nada. Lo único que podría hacer por usted es dejarle el libro, pero lamentablemente no lo tengo en mi poder y no tengo las pruebas suficientes.

-Dígame una cosa, usted siempre sale así. ¿No le parece demasiado absurdo su modo de actuar? Para mi todo esto es una gran pelotudez. Usted es un boludo importante y además un asesino. Porque no se olvide que esa mujer esta muerta, muerta maestro.

-Falta mucho para que mi hora llegue papi.

La irrupción de la mujer conmovió nuestras humanidades masculinas sobresaltándolas. La morocha se limpiaba la sangre de su cara con las manos introduciendo su dedo índice entre sus labios cual vampira sedienta de sangre.

-Es tomate. Cuando yo hago el amor todo se derrumba. La estantería se nos vino encima chicos. No mataron a nadie.

Juro que no podía creer lo que acababa de observar. La morocha a Dios gracias no estaba muerta, pero me producía lo que comúnmente se denomina vergüenza ajena el modo en que el escritor había resuelto la escena. Era de una ordinariez suma. No podía estar dentro de una trama en donde un incapaz era el que escribía la historia. El teléfono, el desmayo eran una salida de telenovela barata y el tipo lo implementaba sin miramientos. ¿Qué era lo que quería? Pero lo que mas lástima me causaba era Echeverry. El tipo no tenia salida. Estaba perdido. Y era evidente que Kuts se estaba cagando de risa de todos nosotros.
Pero no todo era como este servidor pensaba. Echeverry también lo hacía, y creo que a toda velocidad. Su cabeza se movía velozmente como apremiado por el tiempo. El tipo analizaba con certeza la situación. Su hora llegaría en cualquier momento y algo tenia que hacer.
Cuándo la morocha se perdió entre el humo del local nocturno sin explicación ninguna, Echeverry introdujo su mano dentro de su sobretodo cremita, y extrayendo un hermoso revolver plateado dejó escapar un comentario que intuí grosero. Mi cara se reflejo en el caño viéndome despeinado.

-¿Pero que mierda hace?

-Usted no se va de aquí ni a palos señor. Tenemos que resolver unas cositas todavia. Me va a decir como es que se introdujo en la história. Tengo que ir a su mundo para hacer boleta a Kuts. Porque sino el muerto va a ser usted.

domingo, 3 de octubre de 2010

LA ESTREPITOSA CAÍDA DE JUAN CARLOS ECHEVERRY.(Sexta parte)


El silencio tomó la palabra por unos minutos, mientras nuestras miradas se buscaron tímidamente. Entonces Echeverry invitó:

-Vamos a un bar.

La noche se desplomaba densa e irremediable. Ya nadie podía detener nada. El mundo fluía por si solo y daba la sensación que los personajes habían tomado el argumento por asalto. El autor tenía los dias contados.

-Dos tintos.

Dos mujeres montadas sobre la barra doblaban sus cuerpos tatuados y aceitosos hasta el extremo. Hacían como que. Imitaban. Y lo imitaban muy bien. La rubia cerraba sus ojos como concentrada en la música. La morocha achinaba los suyos, negros, negros azabache. Negros ojos conocidos. No. ¿No?

-Yo hasta hace unos días estaba hasta las manos por una así.

-Y, esta muy buena la morocha Echeverry.

-La rubia, yo hablo de la rubia.

Una sonrisa Gioconda dibujó su boca. Quizás el también fluía ahora. Se iba de sus propias manos. Y por que no un hombre.

-Mire Echeverry...

-Mire Echeverry, mire Echeverry. ¿Que tengo que mirar señor?

-Su vida, eso tiene que mirar señor. Lo desdichado que es, eso. Ver que un tipo decidió por usted, que lo inventó. Tal vez por un capricho o porque tenia un mal viaje o porque su novia lo había abandonado por otro. Usted es un invento. Rompa el libro. Mire a los ojos al autor, ese hijo de puta que le cagó la vida. Porque sino usted no existe mi amigo.

Los tintos eran historia pero la morocha no. Es que era muy parecida, demasiado. Pero no podía ser. ¿No podía?
La chica dio un salto que podría denominar gatuno y frente a mi, mirándome fijo a los ojos, dejo deslizar un comentario que creí de novela.

-¿Que haces acá? Veni, acompañame sin hablar.

Echeverry me guiño un ojo como aprobando la situación para luego seguir con su mirada las piernas blancas de la rubia. Detrás de una cortina bordó oscuro la morocha mordió sus labios húmedos jadeante y sin hablar. Tomó mis manos temblorosas y las depositó fuerte sobre sus nalgas, donde un fino hilo evitaba cubrirlas.

-Tocáme el culo, dale tocáme.

Su boca carnosa y abierta dejó escapar una lengua que supe sabrosa dentro de la mia. No me costó demasiado desnudar su cuerpo resbaloso, sus prendas escasas rodaron por el piso rapidamente mientras perdia mi cara entre sus piernas, allí, dentro de lo mas parecido al paraíso que conozco.

sábado, 25 de septiembre de 2010

LA ESTREPITOSA CAÍDA DE JUAN CARLOS ECHEVERRY.(QUINTA PARTE)


Como arrastrándome. A gatas, rozando el pecho con el asfalto caliente. Como un gato lo haría, sigilosamente y sacando provecho de ese instante de extravío que supe visualizar, gané la calle sin más. Solo tenia como objetivo un circulo gigante de luces girando sobre su eje a lo lejos. Un luminoso parque de diversiones atestado de niños que corrían sin parar, era mi punto de referencia hacia la libertad. Agotado, sin aire y con la cara hinchada, busque un lugar cómodo donde poder descansar de tanto sin sentido. Y entonces en la quinta vuelta de la vuelta al mundo fue que descubrí que también yo había sufrido mi tropezón. ¿Y una paloma?
Durante horas, hundido en mis pensamientos, caminé tratando de recrear, de darle forma a todo lo sucedido. Me parecia demaciado. Solo había querido que el tipo de la novela no muriese, como un deseo tirado al aire, como una bravuconada mas de beodo trasnochado. Habia querido salvarlo y lo habia matado. ¿Estaba este desgraciado ser tambien muerto? ¿Que era la vida? No eran preguntas, ni afirmaciónes. Mucho menos respuestas. Eran solo palabras que fluían de mi boca, inodoras, incoloras e insípidas. Como el agua.
La noticia me conmovió hasta lo amas profundo de mi ser. Un bar. Su correspondiente televisor en blanco y negro. Las noticias de la tardecita. El locutor informando a cerca de un extraño suceso protagonizado por un tal Juan Carlos Echeverry. Informando a cerca de una caída al vacío desde una terraza de un empinado edificio. Y el milagro. El tipo había sobrevivido. Un tal Juan Carlos Echeverry. Ese tal que ahora era reporteado por gritones periodistas y que mirando directo a cámara, directo a mi, decía conmovido que deseaba urgentemente encontrarme para poder abrazar mi humanidad a modo de agradecimiento y para tratar de develar la incognita que tanto carcomia su mente, en forma de preguntas que nadie podia responder. La tv nuevamente incrustada en mi. Solo faltaba el teléfono y el culebrón hubiese sido completo. Ring!!!
Alrededor de la media noche, agotado, con las piernas acalambradas, tomé contacto con la calle buscada y la dirección exacta. Echeverry volvió la vista hacia mi e indagó bajito:

-¿Que pasó? ¿Quién sos?

-No dejé que te mataran.

-Me salvaron los bomberos. Casi me mato por tu culpa.

-Esa era la idea.

-¿Que me matara?

-No. Que no te matara. El autor.

-¿Que decis?

-No me hagas caso.

-¿Que no te haga caso decis? ¿Sos boludo vos?

-No. ¿Y vos?

-Que, ¿sos milico?

-No. ¿Y vos?

-Cuando era chico decia que iba a ser policía de grande.

-Yo bombero.

-Ja.

-...

sábado, 18 de septiembre de 2010

LA ESTREPITOSA CAÍDA DE JUAN CARLOS ECHEVERRY.(CUARTA PARTE)


Cuándo volví en mi, caí en la cuenta de que mi vida corría peligro. Me encontraba rodeado por policías y bomberos que me insultaban al unísono. Era imposible querer explicarles nada porque nada oían.
Poco a poco el lugar se fue poblando de gente. Sus intenciónes de agredirme eran serias. Un par de manotazos rozaron mi cara que comenzaba a hincharse. Ahi fue que pude darme cuenta que las intenciónes habían dejado de ser teoría para pasar efectivamente al campo de lo práctico.
-¡¡Tarado, inconciente hijo de re mil puta, casi matas al tipo!!
Entre otras cosas, eso era lo que me gritaban como enloquecidos los de civil y también los uniformados. En ese momento pude percatarme de que nadie se había dado cuenta de que un intruso había ingresado como por la ventana dentro de ese mundo de ficción y mentira. Y no solo eso, aún hoy, sentado serenemente y reflexivo, me pregunto como pude en ese extraño momento, tener la suficiente lucidez como para llegar a la conclusión de que algo fuera de lo común habia sucedido. Porque la cara realmente me dolía. Y ademas, y lo que era mas extraño todavía, lo que me habían gritado a mis horrorizados oídos. Eso de que "casi matás al tipo", "casi". Echeverry no había muerto. Había torcido el argumento. Lo había cambiado todo. En realidad nada sabía a cerca del final del pobre infeliz en la novela, pero algo me hacía sentir que antes de que este humilde servidor irrumpiera, el tipo ya era hombre muerto.
Los otros personajes era seguro de que concientemente nada sabían, pero sus rostros denotaban perplejidad, estupefacción, un kaos interior de sentir, intuir, de que algo, como un soplo profundo y movilizador había cruzado sus humanidades traspasándolos sin poder comprender ni analizar con la humana razón. Asi, como cuándo se percibe un olor extraño y te quedás quietito, con la cabeza levemente hacia arriba, como buscando algo mas allá.

sábado, 11 de septiembre de 2010

LA ESTREPITOSA CAÍDA DE JUAN CARLOS ECHEVERRY.(TERCERA PARTE)


Y entonces fue asi, de una manera poco amable, que mi lectura de la primera parte del libro fue literalmente interrumpida de repente, por una nueva y extraña sensación que apoderó de mi o quién habla de ella. ¿Ensueño? ¿Embriaguez? El suicida no podía morir. ¿Que? ¿Por que iba a hecerlo? ¿Como? ¿Quién influía entre las sombras, artera y secretamente? ¿Que se yo?
Quería salvarlo, ayudarle. ¿Por que no un perro?
No, decía, no me puede estar pasando esto. Pero pasaba. Y si, decia a mi mismo. Si, como frente el altar. Y no.
Jadeaba intenso, taquicardeaba. No podía contimuar leyendo. Sabia ya que irremediablemente, aunque no quisiese, Echeverry moriría. Iba a pasar. Porque no era mas que un personaje secundario. Se iba a arrojar porque el argumento de la historia necesitaba sacrificar al personaje. Necesitaban matarlo. Lo iban a matar y el no lo sabía. No podia aceptar que un tipo me dijera lo que tenia que leer y encima de todo que asesinara impune y friamente.
Lo único que recuerdo de ese tiempo corto son flashes, luces enceguecedoras, blancas luces. Sentia un extravío profundo y vacío. Como si alguien hubiera puesto droga en mi Coca Cola. Esa era mi sensación. E inmediatamente luego las sirenas y los gritos.El Kaos, la confución y el extravío. Un ambiente tipico de pelicula de suspenso y acción, pero de cuarta. Mediocre serie negra. Pulp ficcion del tercer mundo. Todo como apretado y tirado de los pelos. Era como leer o mirar la tele pero conmigo dentro. Me había encontrado de pronto inmiscuido en una historia que no era mia, en algo totalmente irreal o paralelo o...una cagada! Pero quizas podia tener la posibilidad de torcer el rumbo, actuar, romper. Yo estaba conciente de lo que estaba sucediendo. Lector y protagonista. Estaba en pedo.
Cuando tomé raudamente por el sector de las escaleras no creí que inmediatamente iba a encontrarme cara a cara con el suicida.

-¡Boludo, no te matés!

El tipo giró su cabeza mirando directo a mis ojos desorbitados y rojos. Con un movimiento ligero y veloz pretendio sin resultado evitar que mis brazos atenazaran su humanidad y en especial su cuello venoso. Un piso resbaladizo y frio nos dio una dura y seca bienvenida, mientras rodabamos abrazados el uno con el otro hacia el balcón de un décimo piso de un gris edificio. Mi cabeza fue a dar justo y de lleno en uno de los barrotes de hierro en forma de reja, quedando atontado mas de lo habitual para posteriormente perder el conocimiento por unos largos segundos. La ultima imagen de Echeverry en mis retinas fue cayendo hacia la calle como un pájaro imposible y vestido.

viernes, 3 de septiembre de 2010

LA ESTREPITOSA CAÍDA DE JUAN CARLOS ECHEVERRY.(SEGUNDA PARTE)


LA CAÍDA


Igmar Kuts.


El resbalón en si no le había causado inconveniente alguno en la vida. Más bien lo que llego a encolerizarlo casi hasta la negación de su propio ser, fue la caída, el golpe seco y contundente. La cara le había quedado como gordura incompleta, obesidad insegura, indecisa. Es decir, la mitad de la cara hinchada.
Luego de ese episodio, los problemas aumentaron. El empleo que casi había sido suyo, ya no lo era definitivamente, porque había resultado desagradable a los ojos del gerente:

“¡Demasiado hinchado las pelotas estoy yo como para que encima de todos los
problemas que tengo venga un tipo con la cara hinchada a pedirme laburo!”

El claro y poco cargado de timidez y culpa mensaje pronunciado por el gerente, había causado en Juan Carlos Echeverry el efecto deseado…por el gerente.
Para colmo de males, la mujer que el pretendía como novia, lo había ignorado, por decirlo de una manera indulgente, echándolo a patadas de su casa, por torpe y desempleado. Al menos le había prestado algo de atención, porque no se lo había mandado a decir.
Ahora Echeverry caminaba cargando su pesada vida, la que por un fortuito y desagradable accidente, se había de pronto transformado en casi nada. Solo poseía una exuberante hinchazón en la mitad de su rostro y un malestar que lo llevaban a conclusiones que por momento rozaban lo absurdo. Entonces repetía en vos muy baja el popular refrán “un tropezón no es caída” que llevaría para siempre como máxima por el mundo.
Pero la caída era evidente. El fondo habitad permanente y inseparable. Daba la sensación de que mas abajo no se podía, pero seguía en picada. Ya alguien lo había dicho. Eso. Eso de que se puede caer indefinidamente. O subir de igual manera como cayendo. Subir sin tocar el piso. Bajar sin rozar techo alguno.
Convivía con la oscuridad de los subsuelos, habitando húmedas pocilgas. Supo del sabor del under, del verdadero, liso y llano. El arte ni siquiera merodeaba esos lugares.
Sus manos olían a humo de besos calientes y profundos. La ansiedad no se calmaba solo con uno. Las uñas rotas de arañar paredes de impotencia.
Había adquirido la extraña costumbre de aullar por las noches como lo hacen los perros en celo o que huelen la muerte. Los vecinos dejaron de saludarlo y sus amigos no visitaron mas su casa. Y cuando algún alma solidaria osaba golpear su puerta, nunca nadie atendía. El cartelito decía siempre: “en un rato vuelvo”
Y en ese contexto fue que tomo la drástica determinación de escalar hasta la terraza del edificio mas alto de la ciudad y quedar de cara al vacío total, de cara al abisal abismo mismo de la nada.

domingo, 29 de agosto de 2010

LA ESTREPITOSA CAÍDA DE JUAN CARLOS ECHEVERRY.(PRIMERA PARTE)




Los perros. ¿Sabrán que existen?
La jauría suelta vaga solo con una idea fija. ¿Idea? Una enorme perra en celo.
¿Y la palomas?, pienso, mientras trato de hilvanar y recrear lo anterior, esa tormenta en que se habían transformado de pronto los festejos del cumpleaños de un muy poco conocido allegado de índole laboral, y que se habían extendido casi hasta la hora de la siesta de un domingo, ese, nebuloso. El tenue recuerdo de fuertes sensaciones producía en mi una profunda emoción que me envolvía como una tierna caricia el corazón. El recuerdo casi vivo de unas locas ganas de brindar, que a esa altura, eran superadas por un lamentable estado físico. Lo anterior.
Mi paso era lento y contemplativo. El solcito entibiaba mi humanidad y convertía mi regreso en algo milagroso. Vapores burbujeantes expelían mis poros y mi corazón contento iba, solo iba como atraído por mi barrio. Quería sentirme vivir. Oler a tierra. El cielo azul. Mi vientre.
Realmente esa tarde de invierno cálido está viva aún en mi. Es recuerdo presente de una ausencia. La mía en el mundo que antes llamaba real. Mi mundo.
Y me pregunto constantemente, todo el tiempo lo hago, ¿por qué? ¿Por qué esta conciencia de mi? ¿Real? ¿Afuera? ¿Adentro? ¿Por qué?
Al menos como este desdichado se encontraba antes de todo. Antes que sucediera lo insospechado. ¿Por qué no un perro?
Divisé entonces el alto pino elevándose por sobre los techos, enorme y que nace justo en el centro del patio de casa. La puerta dejándose lentamente penetrar, puta puerta, putas, la de la calle y luego la otra, la de mi cuarto. Era feliz. La cama un río llevándome caudaloso hacia los sueños. Remanso lento. Así, suave. Segundos que se transformaban en minutos, extensos y nebulosos. ZZZZZZZZ.
Pero de repente, como despertada por algo intenso que la hacía decir que no podía dormirse, mi humanidad se incorporó impulsivamente. Parado sobre mis piernas, erecto, obeliscamente, me vi de pronto frente a un espejo, como observando a un desconocido. Una fuerza oculta y superior me sacudía. Temblor remoto.
¿Cómo iba a hacerlo? ¿Con que derecho contradecir un noble sentimiento de libertad? No se puede dormir la mona cuando te sentís vivo y feliz, repetía una y otra vez. Era como si evitara una oportunidad mil veces reclamada. Como si por fin me tocara el turno después de haber hecho una interminable cola para pagar impuestos. Sensación esa nueva y desagradable para mi, porque para decir verdad, nunca había estado en semejante situación. Debía exprimir el momento como se hace con una jugosa fruta. Aprovecharlo, tomarlo y degustarlo lentamente.
Comencé por caminar por mi cuarto sin poder detenerme. Turbado, ansioso, mamado.
Miraba por la ventana buscando no se que. Nada me satisfacía el apetito, el deseo y las ganas. ¿Qué era lo que en definitiva tendría que hacer?
Como lo haría un loco corrí en dirección de la mesa de luz, tomé un libro allí depositado. Un librejo en forma de pasquín desvencijado y marrón. ¿Por qué no un perro?
La novela se llamaba La Caída, de un tal Igmar Kuts y estas fueron las primeras líneas que leí antes que todo se precipitara. ¿Leía o soñaba? ¿Las burbujas me turbaban embriagando mi razón?

lunes, 16 de agosto de 2010

ALGUNAS PLAGAS


De niños correteabamos los campos como queriendo alcanzar algo que no sabíamos bién que era. Inmensos, abiertos. Y nos quedábamos solitos, sin nada, sentados entre las ramas de quinuas secas por el frio.
Pero cuando el verano llegaba con su atmósfera densa y ardiente, con el, toda clase de bichos, como plagas, nacían por encanto solar.
Recuerdo sobre todo a las amontonadas voladoras, infinitas alas titilantes, las mariposas.
Como agua de rio, compactas, como nubes de gotitas multicolores, yendo siempre, hacia allá, siempre.
Tanta abundancia de colores era lo que nos motivaba a correr eternamente detrás de ellas para, si hubiese sido posible, terminar con tanta magnificencia.
Cuando Pablo Neruda galopó las tierras de Venado Tuerto, las mariposas salieron a su encuentro. Un poeta no mereceria otro recibimiemto.
Pero las hambrientas todo lo devoraban. La alfalfa, alimento vacuno, solo tallos era. El ganado, alimento del hombre, solo hambre. El hombre solo desolación.
-¡Fumígalas! ¡Incéndialas! -dije al paisano Aráoz
La devastadora multiplicidad del insecto era lo que a Pablo lo había hecho tomar la drástica determinación del fuego imcinerante y fumigador.
Es llamativa la oda de la Mariposa. Semejante poeta pisando estas tierras. Pisando y quemando destructivamente, en defenza del paisano pampeano, del hombre.
¿Como hacer para acabar con semejante voluptuosidad, capaz de tapar las luminarias solares en medio de la tierra llevada por el viento? ¿Como se hace para apagar fuego con fuego? Como Neruda vi el espectaculo. Cuando niño ellas aún estaban por acá. Millones por los campos abiertos. Y nosotros detras tratando de apagarlas con ramas de quinuas, como a chispas multiplicadas hasta el infinito mismo. Solo matándolas.
"Mariposa serás, tembloroso milagro de las flores, pero hasta aqui llegaste..." decia Pablo.
Pablo Neruda, el poeta, murió de tristeza, allá por aquellos años terriblemente ciertos.
Chile fue desvastada por otra clase de insectos. Ni gusanos ni mariposas. Oscuras alimañas. Bichos ciegos y hambrientos de muerte, desalados avansando sobre el hombre y la libertad de volar.
"Ya habían devorado todo, la alfalfa de las vacas, y a lo largo del ancho territorio eran solo esqueleto las verdes plantaciónes."
Pablo finalmente fue testigo y victima de la verdadera desvastación, la de la vida misma, la de sus amigos, la de su país y la de sus hermanos latinoamericanos.
Pablo Neruda murió tal vez para no ser testigo de tanto horror, quizás para no escribir la oda del insecto de la muerte traicionera, la oda de la plaga voraz.
Las mariposas aquellas, las de los veranos, las que dieron origen a la oda, las que corríamos de niños agitando los brazos, ya no se ven.
Fumigadas, fueron desapareciendo de los pocos campos abiertos.
Las prefiero a la plaga de la muerte sedienta.


Oda a la mariposa

A la de Muzo, aquella
mariposa
colombiana,
hoguera azul, que al aire
agregó metal vivo
y a la otra
de las lejanas islas,
Morpho,Monarca, Luna,
plateadas como peces,
dobles como tijeras,
alas abrasadoras,
presencias amarillas,
azufradas en las minas del cielo,
eléctricas, efímeras
que el viento lleva en lo alto de la frente
y deja como lluvias o pañuelos
caer entre las flores!

Oh celestes
espolvoreadas con humo de oro,
de pronto
elevan
un ojo de diamante negro
sobre la luz del ala
a una calvera anunciatoria
de la fugacidad, de las tinieblas.
Aquella
que recuerdo
llega de las más lejanas zonas,
formada por la espuma,
nacida
en la claridad de la esmeralda,
lanzada al corto cielo
de la rápida aurora
y en ella
tú, mariposa, fuiste
centro
vivo,
volante agua marina,
monja verde.

Pero un día
sobre el camino
volaba otro camino.
Eran las mariposas de la pampa.
Galopábamos desde
Venado Tuerto
hacia las alturas
de la caliente Córdoba.
Y contra los caballos
galopaban
las mariposas,
millones de alas blancas y amarillas,
oscurciendo el aire, palpitando
como una red que nos amenazaba.
Era espesa
la pared
temblorosa
de polen y papel, de estambre y luna,
de alas y alas y alas,
y contra
la voladora masa
apenas avanzaban
nuestras cabalgaduras.

Quemaba el día con un rayo rojo
apuntado al camino
y contra el río aéreo,
contra la inundación
de mariposas
cruzábamos las pampas argentinas.

Ya habían devorado
la alfalfa de las vacas,
y a lo largo del ancho territorio
eran sólo esqueleto
las verdes plantaciones:
hambre para el vacuno
iba en el río de las mariposas.

Fumígalas, incéndialas!
dije al paisano Aráoz,
barre el cielo
con una escoba grande,
reunamos
siete millones de alas,
incendiemos
el cauce de malignas
mariposas,
carbonízalas, dije,
que la pompa del aire
ceniza de oro sea,
que vuelvan, humo al cielo,
y gusano a la tierra.
Mariposa, serás,
tembloroso
milagro de las flores,
pero
hasta aquí llegaste:
no atacarás al hombre y a su herencia,
al campesino y a sus animales,
no te conviene
ese papel de tigre
y así como celebro
tu radiante
hermosura,
contra
la multiplicación devoradora
yo llevaré el incendio, sin tristeza,
yo llevaré la chispa del castigo
a la montaña de las mariposas.

sábado, 14 de agosto de 2010

BAÑOS.


El escritor postmoderno, escéptico y español Manuel Vicent, en una de sus reconocidas aguafuertes publicadas en el diario el país de España (en realidad yo lo leí en la Capital de Rosario cuando baja sus notas) cuenta que cuando tiene la posibilidad de visitar la ciudad de Buenos Aires, tiene como costumbre asistir al conocido bar literario Clásica y moderna. Y fue en una de esas visitas al conocido local literario que el escritor admitió haberse sorprendido ante la repercusión que había causado ante la gente que en ese momento permanecía en el local, su presencia. Pero mas fue su sorpresa cuando descubrió que al ingresar al baño, justo al lado de la puerta del retrete una imagen suya encuadrada colgaba como inerte. Toda clase de elucubraciones viajaron entonces por su prestigiosa mente. ¿Por qué justo su imagen era la colgaba junto a la puerta del lavado?
¿Lo conocían entonces por ese motivo y no por sus dotes literarios? ¿Por qué el baño justamente? ¿Qué significación le adjudicaban a ese lugar y por sobretodo a el, los dueños del bar? Los baños y sus particularidades.
El baño es un espacio que suele tener otra dimensión en la vida del ciudadano común. Es una salida. Un mundo paralelo, descontracturado y privativo de toda civilización. El señor López lo explicaría con profundidad onda.

Días pasados el prestigioso critico del espectáculo y ladero del ex simio…eximio Jorge Rial, Luis Ventura, le preguntó maliciosamente a la exuberante travesti Flor de la V, a que baño acudiría en caso de encontrarse en un lugar público tal como un restaurante y tuviere la urgencia de evacuar su liquido excedente elemento. Dejo a consideración del inteligente lector de la revista ojito la respuesta de Flor.

En un baño de la Perla del once Tanguito compuso La balsa. Litto Nebbia entró y completaron la popular canción.
Ricardo Arjona no compuso “Señora de las cuatro décadas” en un baño. Y sin embargo la canción huele feo.

Hubo un personaje llamado José, que recopiló durante gran parte de su vida adulta, porque la niñez es demasiado seria como para haya un niño que se dedique a semejante pelotudez, escritos, frases y/o graffitis que asistentes al retrete, habían escrito en sus paredes. Y estoy seguro de que José, en algún momento, leyendo lo escrito por esos poetas anónimos, tuvo la convicción de que Borges no iba al baño.

Una vez parado frente a un mingitorio del centro cultural, me di cuenta que el que estaba al lado mío era Fito Páez.
En otra ocasión parado también frente a uno de esos mamotretos muy usados por los hombres, me di cuenta que el que estaba junto a mi era Federico Luppi.
Y en otra ocasión, en una situación parecida pude observar lo ancianita que es China Zorrilla y comprobar que me había equivocado de baño. Por suerte a Flor de la V nunca me la encontré.

Hay quién lee en el baño. Hay quién toca la guitarra y canta. Hay quién calla o grita. Hay quién escapa del mundo y sobre todo de su hogar. Pero también debo reconocer que los baños públicos te quitan libertad. Porque no hay nada mejor para un hombre argentino y venadense, que expeler el ocre líquido, por no decir echarse una buena meada, a cielo abierto, sobre los centenarios eucaliptos sarmientistas, de la plaza San Martin.