lunes, 16 de agosto de 2010

ALGUNAS PLAGAS


De niños correteabamos los campos como queriendo alcanzar algo que no sabíamos bién que era. Inmensos, abiertos. Y nos quedábamos solitos, sin nada, sentados entre las ramas de quinuas secas por el frio.
Pero cuando el verano llegaba con su atmósfera densa y ardiente, con el, toda clase de bichos, como plagas, nacían por encanto solar.
Recuerdo sobre todo a las amontonadas voladoras, infinitas alas titilantes, las mariposas.
Como agua de rio, compactas, como nubes de gotitas multicolores, yendo siempre, hacia allá, siempre.
Tanta abundancia de colores era lo que nos motivaba a correr eternamente detrás de ellas para, si hubiese sido posible, terminar con tanta magnificencia.
Cuando Pablo Neruda galopó las tierras de Venado Tuerto, las mariposas salieron a su encuentro. Un poeta no mereceria otro recibimiemto.
Pero las hambrientas todo lo devoraban. La alfalfa, alimento vacuno, solo tallos era. El ganado, alimento del hombre, solo hambre. El hombre solo desolación.
-¡Fumígalas! ¡Incéndialas! -dije al paisano Aráoz
La devastadora multiplicidad del insecto era lo que a Pablo lo había hecho tomar la drástica determinación del fuego imcinerante y fumigador.
Es llamativa la oda de la Mariposa. Semejante poeta pisando estas tierras. Pisando y quemando destructivamente, en defenza del paisano pampeano, del hombre.
¿Como hacer para acabar con semejante voluptuosidad, capaz de tapar las luminarias solares en medio de la tierra llevada por el viento? ¿Como se hace para apagar fuego con fuego? Como Neruda vi el espectaculo. Cuando niño ellas aún estaban por acá. Millones por los campos abiertos. Y nosotros detras tratando de apagarlas con ramas de quinuas, como a chispas multiplicadas hasta el infinito mismo. Solo matándolas.
"Mariposa serás, tembloroso milagro de las flores, pero hasta aqui llegaste..." decia Pablo.
Pablo Neruda, el poeta, murió de tristeza, allá por aquellos años terriblemente ciertos.
Chile fue desvastada por otra clase de insectos. Ni gusanos ni mariposas. Oscuras alimañas. Bichos ciegos y hambrientos de muerte, desalados avansando sobre el hombre y la libertad de volar.
"Ya habían devorado todo, la alfalfa de las vacas, y a lo largo del ancho territorio eran solo esqueleto las verdes plantaciónes."
Pablo finalmente fue testigo y victima de la verdadera desvastación, la de la vida misma, la de sus amigos, la de su país y la de sus hermanos latinoamericanos.
Pablo Neruda murió tal vez para no ser testigo de tanto horror, quizás para no escribir la oda del insecto de la muerte traicionera, la oda de la plaga voraz.
Las mariposas aquellas, las de los veranos, las que dieron origen a la oda, las que corríamos de niños agitando los brazos, ya no se ven.
Fumigadas, fueron desapareciendo de los pocos campos abiertos.
Las prefiero a la plaga de la muerte sedienta.


Oda a la mariposa

A la de Muzo, aquella
mariposa
colombiana,
hoguera azul, que al aire
agregó metal vivo
y a la otra
de las lejanas islas,
Morpho,Monarca, Luna,
plateadas como peces,
dobles como tijeras,
alas abrasadoras,
presencias amarillas,
azufradas en las minas del cielo,
eléctricas, efímeras
que el viento lleva en lo alto de la frente
y deja como lluvias o pañuelos
caer entre las flores!

Oh celestes
espolvoreadas con humo de oro,
de pronto
elevan
un ojo de diamante negro
sobre la luz del ala
a una calvera anunciatoria
de la fugacidad, de las tinieblas.
Aquella
que recuerdo
llega de las más lejanas zonas,
formada por la espuma,
nacida
en la claridad de la esmeralda,
lanzada al corto cielo
de la rápida aurora
y en ella
tú, mariposa, fuiste
centro
vivo,
volante agua marina,
monja verde.

Pero un día
sobre el camino
volaba otro camino.
Eran las mariposas de la pampa.
Galopábamos desde
Venado Tuerto
hacia las alturas
de la caliente Córdoba.
Y contra los caballos
galopaban
las mariposas,
millones de alas blancas y amarillas,
oscurciendo el aire, palpitando
como una red que nos amenazaba.
Era espesa
la pared
temblorosa
de polen y papel, de estambre y luna,
de alas y alas y alas,
y contra
la voladora masa
apenas avanzaban
nuestras cabalgaduras.

Quemaba el día con un rayo rojo
apuntado al camino
y contra el río aéreo,
contra la inundación
de mariposas
cruzábamos las pampas argentinas.

Ya habían devorado
la alfalfa de las vacas,
y a lo largo del ancho territorio
eran sólo esqueleto
las verdes plantaciones:
hambre para el vacuno
iba en el río de las mariposas.

Fumígalas, incéndialas!
dije al paisano Aráoz,
barre el cielo
con una escoba grande,
reunamos
siete millones de alas,
incendiemos
el cauce de malignas
mariposas,
carbonízalas, dije,
que la pompa del aire
ceniza de oro sea,
que vuelvan, humo al cielo,
y gusano a la tierra.
Mariposa, serás,
tembloroso
milagro de las flores,
pero
hasta aquí llegaste:
no atacarás al hombre y a su herencia,
al campesino y a sus animales,
no te conviene
ese papel de tigre
y así como celebro
tu radiante
hermosura,
contra
la multiplicación devoradora
yo llevaré el incendio, sin tristeza,
yo llevaré la chispa del castigo
a la montaña de las mariposas.

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