domingo, 29 de agosto de 2010

LA ESTREPITOSA CAÍDA DE JUAN CARLOS ECHEVERRY.(PRIMERA PARTE)




Los perros. ¿Sabrán que existen?
La jauría suelta vaga solo con una idea fija. ¿Idea? Una enorme perra en celo.
¿Y la palomas?, pienso, mientras trato de hilvanar y recrear lo anterior, esa tormenta en que se habían transformado de pronto los festejos del cumpleaños de un muy poco conocido allegado de índole laboral, y que se habían extendido casi hasta la hora de la siesta de un domingo, ese, nebuloso. El tenue recuerdo de fuertes sensaciones producía en mi una profunda emoción que me envolvía como una tierna caricia el corazón. El recuerdo casi vivo de unas locas ganas de brindar, que a esa altura, eran superadas por un lamentable estado físico. Lo anterior.
Mi paso era lento y contemplativo. El solcito entibiaba mi humanidad y convertía mi regreso en algo milagroso. Vapores burbujeantes expelían mis poros y mi corazón contento iba, solo iba como atraído por mi barrio. Quería sentirme vivir. Oler a tierra. El cielo azul. Mi vientre.
Realmente esa tarde de invierno cálido está viva aún en mi. Es recuerdo presente de una ausencia. La mía en el mundo que antes llamaba real. Mi mundo.
Y me pregunto constantemente, todo el tiempo lo hago, ¿por qué? ¿Por qué esta conciencia de mi? ¿Real? ¿Afuera? ¿Adentro? ¿Por qué?
Al menos como este desdichado se encontraba antes de todo. Antes que sucediera lo insospechado. ¿Por qué no un perro?
Divisé entonces el alto pino elevándose por sobre los techos, enorme y que nace justo en el centro del patio de casa. La puerta dejándose lentamente penetrar, puta puerta, putas, la de la calle y luego la otra, la de mi cuarto. Era feliz. La cama un río llevándome caudaloso hacia los sueños. Remanso lento. Así, suave. Segundos que se transformaban en minutos, extensos y nebulosos. ZZZZZZZZ.
Pero de repente, como despertada por algo intenso que la hacía decir que no podía dormirse, mi humanidad se incorporó impulsivamente. Parado sobre mis piernas, erecto, obeliscamente, me vi de pronto frente a un espejo, como observando a un desconocido. Una fuerza oculta y superior me sacudía. Temblor remoto.
¿Cómo iba a hacerlo? ¿Con que derecho contradecir un noble sentimiento de libertad? No se puede dormir la mona cuando te sentís vivo y feliz, repetía una y otra vez. Era como si evitara una oportunidad mil veces reclamada. Como si por fin me tocara el turno después de haber hecho una interminable cola para pagar impuestos. Sensación esa nueva y desagradable para mi, porque para decir verdad, nunca había estado en semejante situación. Debía exprimir el momento como se hace con una jugosa fruta. Aprovecharlo, tomarlo y degustarlo lentamente.
Comencé por caminar por mi cuarto sin poder detenerme. Turbado, ansioso, mamado.
Miraba por la ventana buscando no se que. Nada me satisfacía el apetito, el deseo y las ganas. ¿Qué era lo que en definitiva tendría que hacer?
Como lo haría un loco corrí en dirección de la mesa de luz, tomé un libro allí depositado. Un librejo en forma de pasquín desvencijado y marrón. ¿Por qué no un perro?
La novela se llamaba La Caída, de un tal Igmar Kuts y estas fueron las primeras líneas que leí antes que todo se precipitara. ¿Leía o soñaba? ¿Las burbujas me turbaban embriagando mi razón?

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