
LA CAÍDA
Igmar Kuts.
El resbalón en si no le había causado inconveniente alguno en la vida. Más bien lo que llego a encolerizarlo casi hasta la negación de su propio ser, fue la caída, el golpe seco y contundente. La cara le había quedado como gordura incompleta, obesidad insegura, indecisa. Es decir, la mitad de la cara hinchada.
Luego de ese episodio, los problemas aumentaron. El empleo que casi había sido suyo, ya no lo era definitivamente, porque había resultado desagradable a los ojos del gerente:
“¡Demasiado hinchado las pelotas estoy yo como para que encima de todos los
problemas que tengo venga un tipo con la cara hinchada a pedirme laburo!”
El claro y poco cargado de timidez y culpa mensaje pronunciado por el gerente, había causado en Juan Carlos Echeverry el efecto deseado…por el gerente.
Para colmo de males, la mujer que el pretendía como novia, lo había ignorado, por decirlo de una manera indulgente, echándolo a patadas de su casa, por torpe y desempleado. Al menos le había prestado algo de atención, porque no se lo había mandado a decir.
Ahora Echeverry caminaba cargando su pesada vida, la que por un fortuito y desagradable accidente, se había de pronto transformado en casi nada. Solo poseía una exuberante hinchazón en la mitad de su rostro y un malestar que lo llevaban a conclusiones que por momento rozaban lo absurdo. Entonces repetía en vos muy baja el popular refrán “un tropezón no es caída” que llevaría para siempre como máxima por el mundo.
Pero la caída era evidente. El fondo habitad permanente y inseparable. Daba la sensación de que mas abajo no se podía, pero seguía en picada. Ya alguien lo había dicho. Eso. Eso de que se puede caer indefinidamente. O subir de igual manera como cayendo. Subir sin tocar el piso. Bajar sin rozar techo alguno.
Convivía con la oscuridad de los subsuelos, habitando húmedas pocilgas. Supo del sabor del under, del verdadero, liso y llano. El arte ni siquiera merodeaba esos lugares.
Sus manos olían a humo de besos calientes y profundos. La ansiedad no se calmaba solo con uno. Las uñas rotas de arañar paredes de impotencia.
Había adquirido la extraña costumbre de aullar por las noches como lo hacen los perros en celo o que huelen la muerte. Los vecinos dejaron de saludarlo y sus amigos no visitaron mas su casa. Y cuando algún alma solidaria osaba golpear su puerta, nunca nadie atendía. El cartelito decía siempre: “en un rato vuelvo”
Y en ese contexto fue que tomo la drástica determinación de escalar hasta la terraza del edificio mas alto de la ciudad y quedar de cara al vacío total, de cara al abisal abismo mismo de la nada.
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