No todo es color de rosa en la vida de un payaso mediático como este, que les trata de hablar mensualmente desde esta desopilante revista nac. y pop. No. Si bien no les voy a andar diciendo que no se reír, como diría Nebbia, porque la verdad es que no la paso tan mal, pero bueno, uno también es un ser humano viviendo en sociedad, que cuando se despinta la cara, se le abre la realidad real de la vida. Y uno se da cuenta de que tiene un trabajo, una familia y deberes diversos que atender.
Domingo cerca del mediodía, jornada de elecciones primarias, internas y obligatorias. Mi niño que desde las ocho de la mañana me advertía que debía acercarlo a los festejos del cumple de una compañerita de escuela. Justo el día del sufragio. Debo, por su puesto, antes de llegar a destino, adquirir un regalito para la cumpleañerita. Para eso los padres contamos con la posibilidad de los “Todo por dos pesos" que percatados sus dueños o dueñas de estos festejos absurdos, desde temprana hora tienen sus puertas abiertas, aun un domingo por la mañana y de votación. Qué lindo. Mi billetera esa mañana contenía la escaza suma de doce pesos. Cuando entramos al local con mi pequeño e inquieto hijo, una señora detrás del mostrador nos recibe con antipatía y nos deja en manos de una empleada que dejaba entrever por su aspecto decadente de resaca, que había gastado la noche anterior la pista del Templo disco. Una carterita rosa con lentejuelas colgada de uno de esos muestrarios exhibidores. La chica que me dice que cuesta solo diez pesitos. Me interesa el precio. Ésta que la acerca hacia el mostrador donde se encontraba la que evidentemente era la dueña del lugar y que al terminar de envolverme con un papel de regalo la carterita me dice sin más que lo que debo abonar por el objeto son exactamente once pesitos, es decir uno más de lo que me había dicho la chica vendedora. Con mi mano izquierda ocupada con los diez pesos con los que iba a abonar lo adquirido, no tuve más remedio que buscar en el fondo de mi bolsillo derecho con mi derecha los dos pesitos que me quedaban. Al depositarlos sobre el mostrador la mujer me advierte sin más, que no tiene un peso para darme el vuelto y en su lugar me da un rojo lápiz negro. Me dejaron seco las namis. Sin más. Eran diez, luego once, y finalmente termine pagando doce. Miro a la mujer entrada en años que me había cobrado y le pregunto: “¿y con el lápiz que hago?”
Que cosa los domingos. La familia, los parientes, los vecinos, los chicos con cumpleaños, la misa, el futbol…y las elecciones. Pero como todos ustedes sabrán, inteligentudos lectores de esta humorística revista, este payaso á sido, es y será siempre y ante todo, un respetuoso de las leyes y el orden constitucional a rajatabla. Es decir que a mí no me van a poder sorprender o subestimar. Yo califico como votante. No soy ningún negrito infradotado del norte del país. Es por eso que desde hacía ya un tiempito venia estudiando el sistema de boleta única. La tenía clara. Entonces fue que inmediatamente luego de haber almorzado con mi familia a pleno, un pollo al disco bien regadito todo con tinto cabernet, me dirigí raudamente hacia el colegio en el cual debía cumplir con mi deber ciudadano repitiendo en voz baja: “no debo decir adentro mi general, no debo decir adentro mi general, no debo decir adentro mi general”. Al llegar a la mesa correspondiente el presidente de la misma, un joven alocado, me solicita el D.N.I y me pregunta con una sonrisa dibujada en su rostro, si sabía emitir el sufragio. Al oír mi respuesta positiva a su pregunta, la sonrisa que portaba segundos antes fue borrada inmediatamente de su imberbe rostro, siendo esta reemplazada por un gesto adusto y de sorpresa, para posteriormente soltar como un aguijón la frase ¿Cómo que sabe votar? como pregunta. Se votar, le respondí. Me comí todos los spots televisivos, las charlas para sufragiántes y todos los consejos de absolutamente todos los partidos políticos. Pero señor, me responde entonces el muchacho, acá el que sabe efectivamente de esto soy yo, que me fumé todos las reuniones, todas las charlas y todos los cursos para aprender y posteriormente enseñarles a ustedes los simples y llanos votantes que vienen a esta escuela ignorando seguramente todo lo referido a la boleta única, sobre su funcionamiento. Disculpáme, le respondo entonces, que vos seas el presidente de mesa no quiere decir que por el solo hecho de serlo te eleve eso solo a un peldaño superior al de un votante como yo, no uno común, ya que me considero uno de los bien preparados para la vida cívica y social. A sí que déjame que solito iré al box a elegir mis candidatos sin que nadie me ayude porque estoy al tanto de todo. Cuando giré hacia el modulo pude de reojo observar los rostros impávidos de los demás integrantes de la mesa. No podían creer la situación que estaban viviendo. Todo muy lindo, escuche que me decía el joven que presidia la tan mentada mesa, pero no sé con que vas a marcar los casilleros. Te olvidas la lapicera. No te preocupes, le contesto, tengo una. No, discúlpame ahora vos, pero tiene que ser esta, sino no vale. Dejáte de joder, le digo, si es lo mismo, mientras este marcado vale igual. Mira, no me faltes el respeto porque llamo al gendarme, me respondió entonces el muchacho, y agarrá la lapicera. Yo que vos lo haría. Me volví sin más, y tome el bolígrafo que me entregaba el joven. Sus ojos expelían odio. Y de su boca surgió bajito un “no me jodas”. Que no te joda, le respondí, no me jodas vos, porque no tenés ni idea de quién soy. Si claro que se, me dijo, sos Abaca Walter Armando, ¿no te das cuenta que tengo tu DNI? Te tengo agarrado de las pelotas. Si, tenés el documento, tenés al gendarme, pero yo tengo la decisión del voto, le increpé. Tengo el derecho y vos estas al servicio mío. Vos no sos nada sin el votante, puto. Un aplauso cerrado surgió desde la puerta del salón, que ya agolpaba a unos cuantos ciudadanos prestos a cumplir con su deber democrático.
Con la mano en alto a modo de agradecimiento hice mi ingreso a uno de los box, y como se debe marque con una cruz en todas las casillas correspondientes al voto en blanco. Introduje las boletas en las urnas, cada una en su color correspondiente y mirando hacia la mesa donde el joven presidente se encontraba y ante la mirada estupefacta de todos los habitantes de la misma les dije: “¿Se dieron cuenta que fui capaz? Espero que ustedes puedan serlo como este ciudadano lo fue”. Cuando salí del establecimiento educativo y mientras palpaba en mi bolsillo la lapicera que le había “hecho” al tarado del presidente de mesa, sonreí feliz ante el deber cumplido. Y mientras, cerca de la medianoche, este ciudadano feliz, es decir yo, testeaba en TN, los resultados de las elecciones, vibrando con el Prende y apaga, descubrió para su desazón, que el documento carecía del cellito verificador del voto sufragiado. Y entonces tomando la birome entre mis manos, elevándola al cielo, me pregunte a mí mismo o a mi consciencia, y como un Hamlet pelotudo lo haría, lo siguiente: “¿y con la lapicera? ¿Con la lapicera que hago?”
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