sábado, 30 de julio de 2011

TODOS LOS DOMINGOS LA MISMA CANTINELA.


¡No soy un mal tipo! Trabajo duro y quiero a mis hijos. Entonces, ¿Por qué tengo que pasarme medio domingo escuchando cómo voy a ir al infierno?
Homero Simpson.


Lo domingos suelen ser particulares. Mucho más cuando el ser humano transita por esa edad en la que cree que todo es felicidad y armonía, tonta edad, por no decir pelotuda, es decir la de la niñez.
Y no me refiero en este caso a las actividades propias de un día con esas características, es decir el asado y los tallarines en familia, el futbol, la plaza o las carreras. Bah, si fuera por todo eso los domingos serian increíbles.
El tema es la mañana del domingo. De niño he recorrido casi todas las capillas de la ciudad. Cumplí con todas las actividades que teóricamente sirven para salvar tu alma de los fuegos eternos del averno. Fui bautizado como todo buen cristiano. Pero también fui a catecismo. Tome la comunión y la confirmación. Fui monaguillo. Me confesé sin cesar todos los días de misa contando al padre todos mis terribles pecados de niño. El sacerdote me daba la bendición y yo comenzaba mi confesión con un: “Esta semana tuve malos pensamientos padre”. Y en una oportunidad el padre que me tomo la confesión fue el Obispo Pichi. Y todo esto sucedía, generalmente los domingos por la mañana. Conocí gracias a mi apego clerical los lánguidos primeros días de la semana, es decir el domingo, de temprano. Porque no sé si ustedes inteligentes lectores de revista Ojito y seguramente si, están al tanto de que el primer día de la semana no es el lunes, sino el domingo. De alguna manera, y analizando esa experiencia desde el futuro de ese momento, puedo decir que algo disfrutaba. No llamaremos a ese estado felicidad, porque nunca pude serlo en esas ocasiones y/o ámbitos, pero debo confesar, como delante de un sacerdote lo haría, que en la misa me sentía como salvado del mal del mundo. Ahí el diablo no iba a poder llevarme. Uno comulgaba la ostia que se te pegaba en el paladar y bebía la sangre de cristo que sabía a moscato y estaba salvado.
Pero siempre me sucedía que, al dejar la capilla, inmediatamente luego de la misa, con el alma ablandada y llana, sin carga alguna de pecado, un fuego interior se encendía casi con violencia, y un fervoroso deseo de desobediencia y de maldad, se me instalaban o florecían desde muy adentro de mi púber corazón. En ese momento, justo, comenzaba otra ceremonia muy diferente a la que momentos antes había protagonizado con las manos entrecruzadas y los ojos cerrados. Una ceremonia diabólica. Era como que al estar vacío de todo mal, abalado por el perdón de la confesión y como seguro de que el próximo domingo una vez más tendría la posibilidad de ser perdonado, cometía toda clase de excesos que ponían de los pelos a toda mi familia, vecinos y parientes. Las más horrorosas blasfemias, los más procaces insultos y los más asquerosos sonidos guturales y escatológicos habidos y por haber, eran generados por el por ese entonces niñito de barrio. Era como una venganza. Como si el diablo tomara mi alma lavada por la misa y el perdón y la inyectara con su fuego. “Todos los domingos la misma cantinela”, vociferaba mi madre ya percatada y resignada al mismo tiempo, mientras a su alrededor este hombre aún niño cometía toda clase de barbarie. Ni bien salido de la iglesia nomas. Era ahí al toque el tema. Una especie de odio que lo sufría todo animal, bicho, pájaro o insecto que se le cruzase en el camino a este por aquel entonces niño. Y si hablamos de seres humanos, las viejas eran el objetivo favorito del monaguillo. Las mismas viejas que habían compartido la santa misa tomados de las manos, ahora sufrían las peores ofensas que una persona podría soportar. “Vieja fiera”, “Loro desplumado”, “Doña cachabacha”, “Cascajo destartalado” etc. etc. etc. Y eso solo durante el trayecto de vuelta a casa. Porque ya en el lugar, lo primero que hacía y a sabiendas de lo que podrían a llegar a producir los actos que llevaba a cabo, era saltar el alambrado, y sin más dirigirme a la canchita pocienta, a desempolvar la pelota de fútbol sin descambiarme, lo que producía en mi madre y en las tías que en ese momento visitaban mi casa para compartir el almuerzo dominguero, un espanto como añejo y guardado que se dejaba expresar en gritos histéricos y desgarradores:“¡Waaaaaateeeerrrrr!, ¡Sacáte los mocasines nuevos que es lo único que tenés para ir a la escuelaaa! ¡No jugues a la pelota!
Como describir la satisfacción que en ese momento producían esos gritos en mi humanidad. ¿Qué era lo que generaba en mí ese deseo de transgredir ni bien salía de la iglesia? ¿Cuál era la necesidad de hacerlo apenas pisaba la vereda de la casa del señor? ¿Quería ser malo?
El tiempo á pasado velozmente. Hoy soy un hombre de mediana edad, con una familia bien constituida y un buen trabajo. Recuerdo ese tiempo con una sonrisa melancólica marcada en mi rostro. Veo por la ventana del cuarto donde escribo esta nota a una viejecita con bastón tratando de sortear un cúmulo de escombros que le impiden casi el paso. Salgo a la puerta de casa, me cercioro de que ninguno de los vigilantes de mis vecinos me vea y cuando la abuela octogenaria se descuida mirando el piso para evitar caer, aprovecho ese acto y le pateo el bastón, y la señora mayor va directo al suelo rugoso con toda su endeble humanidad. Me escondo unos segundos detrás de la puerta para posteriormente y con la velocidad de un rayo, salir corriendo a socorrer a la pobre viejita que yace inmóvil en el piso de la rota vereda. Y el horrible acto segundos antes cometido, es lavado por este último, el acto de salvarla, cual orate Boy scout, lavando mi culpa. Ah, y el domingo bien tempranito me aguarda en la parroquia el curita del barrio dentro del confesionario.

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