sábado, 23 de junio de 2012

LO INFIMO.

Fué en la cola para hecerse el documento, al borde mismo casi del camión, entre mantas en el piso y reposeras, pisando literalmente restos de fernet con coca derramados, en medio de gritos de mujeres y llantos de niños, de quejas airadas acompañadas de palmas indignadas, que este payaso mediático se dió cuenta de lo que había tenido que vivir dias atras. Y aunque ustedes no lo puedan creer y parezca solo ficción, debo reconocer que no todo es color de rosas para este amigo de las páginas centrales de la popular revista Ojito, periodista militante nacional y popular, profundizador consuetudinario, parte fundamental del inconsciente colectivo en general. Es que es también, y principalmente y ante todo, un ser humano. Y si bién el contexto en el que se realiza y desarrolla, es decir su lugar en el mundo, le fue dado sin que el pudiera influir en esa decisión, no le esquiva el cuerpo a las responsabilidades. Se hace cargo. Y si de su sociedad se trata, su compromiso es aún mayor. Las manifestaciónes de la gente son sus manifestaciónes. Es decir entonces que cierto día de una de las cuatro semanas del mes ya transcurrido, munido de su llavero escaso en llaves, decidió apoyar con su presencia, la marcha por la inseguridad. Pero suelen al ser humano sucederle cosas impensadas. En una mala y poco analizada acción, calzóse sobre su cabeza, una gorrita. Como describir lo por el famoso payaso mediatico sufrido ante tan mala decisión. Es que él no posee asesores. Es un espiritu libre. Nadie le avisó. En carne propia supo de la rabia de señoras coquetas, tostadas y de locos peinados viejos. "Vos sos un gorrita, seguro venis a robarnos", le decían a este pobre incrédulo que solo había querido ser parte a modo de apoyo solidario. ¿Pero como explicarles? Nada escuchaban. No querían entender. Este humilde servidor blandía sin cesar las pocas llaves que poseía, todas de candados, al grito de: "¡yo tampoco quiero a los gorritas, yo no quiero a los gorritas, no me dí cuenta de que me había puesto una!" Pero una vez mas la confusión cubrió su ser como un manto divino. Al unísono casi, de repente, todas las señoras junto a algún señor, le espetaban en su propio rostro que el escrache hacia este servidor no había sido solo por la colorida gorra, no. Al preguntar ansioso por el otro motivo nadie dudo en responer: "¡Es por tu cara querido, es por tu feo y oscuro rostro!" Eso le había sucedido por su propia responsabilidad. La pregunta había salido de la propia boca de este pobre e iluso trabajador de la cultura, las artes y el deporte. ¿Por qué hablar? Muchas veces es preferible el silencio. Y una vez más la reacción por la supervivencia. Cualquier cosa a uno le puede servir para salvar su pellejo, aunque luego, sin la presión encima, maldiga y se arrepienta. ¿Como zafar? Y ahí está el ser humano con sus ideas locas. Sintiéndose acorralado por la orda, el payasito ya a esa altura despintado y con la peluca corrida, no tuvo la mejor idea que proponerles a viva voz, antes de que lo ejecutaran ahí mismo y a cambio de su pellejo, efectuar a todo aquel que lo requiriera el trámite del documento nacional de identidad aprovechando el camión que en esos días permanecía en la ciudad para tal fin. Todos aceptaron el convite sin más. Una noche entera este servidor permaneció en la cola y casi de última fué que, de arrebato, pudo tomar entre sus manos uno de los últimos numeritos otorgados. Casi una azaña. Porque al llegar al mostrador y mientras hacía su exposición de que él sería el encargado de efectuar los trámites de veinticinco o veintiseis personas, es decir la totalidad de los manifestantes, supo, y dicho de la propia boca de la chica que atendía a los tramitantes extremos, que el trámite era personalizado y de a uno. La decepción de este pobre periodista a esa altura podía ser solo comparable a la sufrida por los que alguna vez supieron votar al Chacho Alvarez. Fué por eso lo luego sucedido. Y no es que quiera este pinturrajeado excusarse sin motivos. La impotencia suele acumularse durante un tiempo para luego explotar en mil pedazos en forma de violencia. No es que lo haya pensado. Fué un impulso. Una loca reacción. Digo, que este no tan seguro servidor se bajase los pantalones literalmente en la cola lléndose ya del lugar adelante de unas cuantas mujeres, no es para justificarlo ni para que se lo tome con superficialidad. Pero teniendo en cuenta lo vivído, usted, inteligentudo lector de esta popular, mensual y chispuda publicación independiente, hoy, alejados ya del insidente y con la ventaja del tiempo transcurrido, podrá comprender, pero no compartir si lo desea, la insólita reacción. Lo podrá hacer ahora, luego de todo. Porque para serles sinceros, en ese momento solo el odio se dejó manifestar a modo de golpes, coscorrones y escupitajos por sobre la humanidad de este pobre cristo. Pero lo que mas llegó a indignarlo, lo que hizo que hoy por hoy, éste que es, esté pensando seriamente en abandonarlo todo, inclusive esta columna, fue el último comentario que una mujer le descerrajara mientras era llevado detenido por el comando radioeléctrico. La mujer sin miramientos y sin insultarle le dijo: "Encima que se baja los pantalones tengo que soportar lo ínfimo de lo mostrado."

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